Ciencia
07-06-2020
La medicalización de la vida
Un artículo publicado en una prestigiosa revista de ensayos científicos que explora le tradición de la desconfianza en la ciencia médica y sugiere una mayor comprensión del fenómeno antivacunas, que lejos está de apoyar.
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Este artículo se publicó en la prestigiosa revista Aeon, en la que son frecuentes las colaboraciones con investigadores académicos. La firma una autora que dirige el Departamento de Humanidades de la escuela de Medicina de la Universidad de Penn, en Pennsylvania, Estados Unidos. Lejos de manifestar algún tipo de simpatía por el movimiento anti-vacunas, Bernice Hausman, la autora cita y revisa teorías que están más allá de la comprensión y el conocimiento de los representantes más mediáticos de ese movimiento. Lo que la crítica y el recuento de Hausman señala es la sobrevaluada dependencia del sistema médico que termina alentando posiciones nocivas para la sociedad y la cinecia en general.

 

Bernice L. Hausman | Aeon

 

En 1793 una epidemia de fiebre amarilla azotó a Filadelfia, entonces el médico y padre fundador Benjamin Rush [n. del t.: por “padre fundador” se refiere a los primeros colonos en pensar y promover un nuevo estado en América] proponía una hemorragia agresiva: la extracción de grandes cantidades de sangre de una arteria o vena, a menudo con sanguijuelas. En ese momento, la sangría era una práctica médica común: se pensaba que equilibraba los humores del cuerpo (sangre, flema, bilis negra, bilis amarilla). Sujeto a una intensa controversia a medida que la medicina desarrolló una base más sólida en la evidencia experimental, la propensión de Rush a desangrar –y desangraba mucho– fue condenada por algunos de sus contemporáneos, aunque otros médicos también sometieron a sus pacientes a esas purgas. A fines del siglo XIX, la práctica se usaba solo para condiciones muy raras.


Ahora, en medio de una pandemia devastadora, y mientras los científicos trabajan febrilmente para encontrar curas de covid-19 y una posible vacuna, vemos los tratamientos de Rush como arcaicos, inútiles y probablemente dañinos. De hecho, el sangrado parece bárbaro hoy (aunque las sanguijuelas fueron aprobadas para ciertos propósitos por la Administración de Drogas y Alimentos de los Estados Unidos). Sin embargo, si bien la terapéutica médica avanzó considerablemente, muchos tratamientos actuales también son agresivos. Los sufrimos voluntariamente porque se basan en una mejor comprensión del cuerpo y los mecanismos de la enfermedad. Es decir, creemos que realmente salvan vidas, a diferencia del sangrado, que ocasionalmente mata a los pacientes.


No tan rápido: algunos críticos contemporáneos afirman que la medicina moderna sigue siendo riesgosa, si no otra cosa. Consideremos la expansión de las categorías de enfermedades para incluir peculiaridades de la personalidad y tipos de cuerpo, efectos secundarios que exigen medicamentos adicionales, interacciones farmacológicas que son mortales y supervisión médica de cosas que se arreglan lo suficientemente bien solas. Si la medicina del siglo XVIII carecía de una base científica, nuestro problema podría ser demasiadas terapias para nuestro propio bien.


La expansión de los tratamientos ha llevado a una respuesta crítica: “medicalización”, que describe un enfoque escéptico sobre el papel social de la medicina convencional en la definición de la salud. También critica directamente el aumento de la farmacopea que es hoy una parte esperable de la vida actual. De hecho, la medicalización sugiere que podríamos someternos a tratamientos tan invasivos y exagerados que podrían matarnos, del mismo modo que vemos hoy al desangrado.


La crítica a la medicalización apuntala el interés popular en la medicina alternativa, las técnicas de cuerpo y mente para el bienestar y, lo más importante, el escepticismo en las vacunas. La corriente principal por lo general atribuye el escepticismo en las vacunas a la falsa información sobre vacunas en internet, la negación de la ciencia y el analfabetismo científico. Los padres quieren lo mejor para sus hijos, según el relato, pero reaccionan irracionalmente porque no entienden los riesgos y beneficios para la salud de la población, o relacionan de manera errónea las enfermedades crónicas prevalentes con las vacunas.

 

Un encuadre

 

Pero el concepto de medicalización proporciona otro tipo de encuadre para comprender por qué algunas personas rechazan lo que otras consideran una prevención médica para salvar vidas. No es que estos padres desconfíen de la ciencia en su totalidad, sino que, entre otras cosas, no están de acuerdo con que la medicina asuma un papel autoritario para determinar cómo vivir una vida saludable. En esto, se hacen eco de las ansiedades claramente modernas sobre cómo los avances en la ciencia y la medicina no siempre pueden ser buenos.


Para comprender los orígenes recientes de la medicalización, miremos hacia la década de 1950, cuando los avances terapéuticos de la medicina comenzaban a ensombrecerse con escepticismo acerca de su creciente autoridad social –el cambio de desviación a enfermedad en la comprensión de la rebelión adolescente, por ejemplo, o los diagnósticos crecientes de hiperactividad en niños o, incluso, el consenso de que el alcoholismo es una enfermedad. Dado el avance de la medicina convencional a mediados de siglo –el desarrollo de antibióticos en la década de 1940, la invención de una exitosa vacuna contra la poliomielitis en la década de 1950 y los nuevos tratamientos farmacológicos para enfermedades psiquiátricas entre muchos otros avances–, había mucho que celebrar pero también mucho de qué preocuparse.


Hubo espanto por drogas como la talidomida. Originalmente comercializada en Europa a fines de la década de 1950 para tratar las náuseas matutinas, se descubrió que causaba graves deformidades congénitas, dramáticamente evidentes en las extremidades ausentes o acortadas de modo severo en los bebés. El episodio de la talidomida demostró que, sin una regulación adecuada, las compañías farmacéuticas podían llevar al mercado medicamentos que causaban daño. Incluso con una regulación adecuada, las empresas podrían cometer errores que perjudiquen a las personas. En 1955, poco después de obtener la licencia federal de la primera vacuna contra la poliomielitis de Jonas Salk, 200 mil niños fueron inyectados con la vacuna contra el virus de la poliomielitis, que no estaba del todo muerto. El resultado fue 40 mil personas enfermas de polio, de las cuales quedaron 200 con parálisis y diez muertas. Si bien el Incidente de Cutter, como se conoció este evento, no disminuyó la confianza pública en la vacunación en ese momento, representa un momento en la historia de los Estados Unidos que se ha repetido una y otra vez, con generaciones posteriores menos tolerantes a errores industriales (o mala conducta) que las anteriores.


La década de 1950 también fue una época de creciente preocupación sobre el desarrollo del carácter contemporáneo. Los sociólogos identificaron la adhesión a las normas sociales y la aprobación externa como estructuras de personalidad peligrosas; criticaron la “personalidad dirigida por otros” (demasiado preocupada con la aprobación externa) y la “personalidad autoritaria” (dispuesta a controlar a los demás). Growing Up Absurd (1960) de Paul Goodman se centró en el problema de las sociedades modernas que carecen de un trabajo significativo y adecuado con los adultos jóvenes. La resistencia a las normas sociales en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial es evidente en películas populares como Rebelde sin causa (1955) y condujo al florecimiento de los movimientos de ‘exclusión voluntaria’ de la década de 1960: hippies, drogotas y entusiastas del regreso a la naturaleza.


Las preocupaciones sobre la medicina se fusionaron con las preguntas sobre el compromiso general del gobierno con el bienestar de sus ciudadanos. El surgimiento del movimiento de derechos civiles, la Guerra Fría y la posible devastación nuclear, el desarrollo de evidencia sobre contaminantes ambientales y, eventualmente, la Guerra de Vietnam, avivaron los fuegos de la desconfianza. De hecho, los movimientos sociales que surgieron alentaron las perspectivas colectivistas y la acción política para mejorar la salud, mientras que la medicina se centró cada vez más en las elecciones de estilo de vida individuales que conducían a estados de enfermedad. Un ejemplo brillante es el Framingham Heart Study (Estudio del corazón de Framingham), que comenzó en Massachusetts en 1948, y ha sido financiado a nivel nacional desde entonces. Ese trabajo lanzó el término médico “factor de riesgo” al enfocarse en la dieta, el ejercicio y el tabaquismo como los principales contribuyentes a la enfermedad cardiovascular.

 

La antipsiquiatría

 

En este contexto nació la antipsiquiatría. El movimiento antipsiquiatría atacó el tratamiento psiquiátrico convencional de aquellos que no se ajustaban a las expectativas sociales. Respondió directamente a prácticas cada vez más populares de mediados de siglo, como la terapia electroconvulsiva (TEC: electroshock), la lobotomía y la institucionalización de personas con comportamientos socialmente aberrantes. La TEC y la lobotomía fueron tratamientos agresivos que son símbolos históricos del control abusivo de los pacientes por parte de la psiquiatría, aunque también fueron ampliamente anunciados en ese momento como tratamientos modernos y efectivos. António Egas Moniz compartió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1949 por su invención de la lobotomía. Sin embargo, en la década de 1950, la lobotomía estaba disminuyendo como tratamiento. Un creciente apetito por la individualidad y la libertad personal chocaba con las prácticas psiquiátricas que parecían eliminar esas cualidades que amenazaban la salud mental.


La ficción y las memorias que narran esa época se centraron en los horrores de la institucionalización y los abusos de poder que caracterizaron la experiencia del paciente. Novelas como Alguien voló sobre el nido del cuco de Ken Kesey (1962) contribuyeron a la conciencia pública de estas preocupaciones, en especial la institucionalización y la lobotomía, como herramientas sádicas de la autoridad psiquiátrica. Las memorias de Susanna Kaysen, Girl, Interrupted (1993), detallaron su institucionalización en un centro mental a fines de la década de 1960 debido a que ella era, como lo describe, una adolescente ligeramente deprimida y confundida. The Bell Jar (La campana de cristal, 1963), una novela semi-autobiográfica de Sylvia Plath, relató el colapso mental y el tratamiento de la poeta en la década de 1950. Aunque no condenó la TEC narrada allí, sus descripciones generales del tratamiento para la depresión y la institucionalización estaban lejos de ser halagadoras.


Además de centrarse en los tratamientos psiquiátricos, la antipsiquiatría también se dirigió a la sociedad. Los psiquiatras R.D. Laing y Thomas Szasz pensaron que la enfermedad mental era una respuesta sensata a una sociedad enferma, y afirmaron que la enfermedad mental era un mito. Si la sociedad era alienante y opresiva, ¿por qué la medicina se involucraba con tanta intensidad para hacer que las personas encajaran?

 

Individualidad y libertad


El aumento de los medicamentos psicotrópicos, incluida la creciente ligereza para administrar medicamentos a cualquier persona cuya personalidad o comportamiento fuera en contra de las normas sociales, aceleró estas preocupaciones. Aquellos que se sentían diferentes buscaban curas terapéuticas y se resistían a la normalización, especialmente a medida que florecían los movimientos contraculturales de la década de 1960, ofreciéndoles formas alternativas de comprender sus diferencias y sentimientos de alienación y desesperación. Temas como individualidad y libertad se intercambiaron entre los movimientos sociales emergentes de la década de 1960 y los críticos antipsiquiátricos, lo que permitió capitalizar la resistencia a la medicina organizada y su defensa de las normas sociales.


Algunos críticos de la antipsiquiatría simplemente querían “replantear la enfermedad mental”, principalmente a través de explicaciones existenciales o sociológicas del sufrimiento mental. Szasz, sin embargo, cuestionó la realidad de la enfermedad mental como enfermedad. Su libro The Myth of Mental Illness (1960) concluye que los psiquiatras, en lugar de tratar la enfermedad mental, en realidad “tratan con problemas personales, sociales y éticos en la vida”. Por lo tanto, el asalto a la psiquiatría fue, en parte, definitorio: ¿qué contaba como una enfermedad mental? ¿Fue la práctica psiquiátrica verdaderamente científica? ¿Cómo distinguían los psiquiatras los comportamientos socialmente aberrantes de los indicados como enfermedad mental? En la década de 1960, los viajes con ácido y otras experiencias alternativas de la realidad se anunciaron como visionarios y socialmente liberadores. La antipsiquiatría abrió un espacio para cuestionar si los diagnósticos psiquiátricos eran arbitrarios o confiables, y cómo funcionaban como agentes de control social.


El innovador artículo del psicólogo estadounidense David Rosenhan “Sobre estar sano en lugares insanos” (1973) argüía que las personas sanas podían fingir una enfermedad mental e institucionalizarse sin estar realmente enfermos. Publicado en Science, el artículo de Rosenhan demostró con evidencia contundente las afirmaciones que los críticos a favor de la antipsiquiatría habían estado haciendo durante más de una década: que las categorías psiquiátricas no eran confiables ni basadas en evidencia, y que los tratamientos psiquiátricos eran abusivos para los pacientes al controlar y alinear sus comportamientos con las normas sociales.


El artículo de Rosenhan es uno de los más reimpresos y citados en el campo. La profesión psiquiátrica reescribió su manual de diagnóstico, y los hospitales psiquiátricos se cerraron de acuerdo con sus recomendaciones. La psiquiatría eventualmente se orientó más hacia las explicaciones biológicas. Sin embargo, incluso esos enfoques trajeron una cierta cantidad de críticas porque se vio que sobrepasaban la autoridad de la disciplina al patologizar los comportamientos adaptativos o las vicisitudes del desarrollo personal ordinario. Los activistas antipsiquiátricos aún denuncian el poder de las compañías farmacéuticas para definir enfermedades mentales a través del desarrollo de tratamientos para ellas.


También el feminismo

 

En la década de 1970, las sospechas sobre la psiquiatría se desparramaron a gran parte del resto de la medicina en torno al mismo tema, el control social, y condujo al florecimiento de la crítica a la medicalización. Al igual que la antipsiquiatría, las preocupaciones sobre la medicalización canalizaron temas arraigados en la historia de Estados Unidos: preocupaciones sobre la libertad individual en una sociedad cada vez más ceñida a las normas sociales; desconfianza de los profesionales y las grandes empresas; y el interés de larga data en la vida natural y saludable. La medicalización también atrajo a las feministas que se resistían a la autoridad médica masculina sobre la salud de las mujeres. En 1970, el Colectivo del Libro de la Salud de las Mujeres de Boston publicó la primera versión de Our Bodies, Ourselves (Nuestros cuerpos, nosotras; llamada Mujeres y sus cuerpos), que se centró en la salud reproductiva y el aborto.

 

Y la medicalización encontró un profeta en el iconoclasta intelectual Ivan Illich, un sacerdote católico croata-austríaco que escribió amplias críticas a las instituciones modernas, demostrando cómo inhibían la creatividad humana, la productividad y el florecimiento. En La sociedad desescolarizada (1971), alentó el movimiento radical de educación en el hogar que es cada vez más popular en el siglo XXI, argumentando que la escolarización masiva tuvo un efecto adormecedor en el compromiso de los niños con el mundo.

 

En Némesis médica (1975), Illich lanzó un argumento notablemente profético contra la medicina como un peligroso ejemplo de lo que algunos llaman “la vida administrada”, donde cada aspecto de la vida normal requiere información de un sistema médico institucionalizado. Fue Illich quien introdujo el término “iatrogénesis”, que en griego significa enfermedad causada por un médico. Había tres niveles de enfermedad causada por el médico, según el autor: clínica, social y cultural.

 

La iatrogénesis clínica comprende los efectos secundarios del tratamiento que enferma a las personas. La quimioterapia para el cáncer es un buen ejemplo: salva vidas, pero presenta nuevas amenazas al comprometer el sistema inmunitario de los pacientes y dañar los tejidos no cancerosos.

 

La iatrogénesis social describe a los pacientes como consumidores individuales de tratamientos que son agentes interesados en sí mismos en lugar de individuos activamente políticos que podrían trabajar para lograr transformaciones sociales más amplias para mejorar la salud de todos.

 

La iatrogénesis cultural es para Illich el nivel más profundo de enfermedad causada por la medicina, y su crítica más profunda de la medicina. En él, las capacidades innatas de las personas para enfrentar y experimentar sufrimiento, enfermedad, desilusión, dolor, vulnerabilidad y muerte son desplazadas por la medicina. Un ejemplo se centra en el parto, en tanto se desplazó desde el hogar, en compañía de mujeres, al hospital, donde es supervisado por obstetras en su mayoría hombres. En “Medicalización y atención primaria” (1982), Illich escribió: “Sin dudas la supervivencia neonatal y, más tarde, la supervivencia materna aumentaron, pero al costo de la medicalización. Lo que ofrece el médico es, tendenciosamente, un paciente de por vida, que tal vez después de una larga educación podrá vender atención a otros, pero difícilmente una persona libre para el amor entre pares”.

Aquí, la medicina adquiere un enfoque técnico para la vida cotidiana, vaciando las ricas relaciones interpersonales de cuidado que definieron el ser humano durante milenios.


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