Cultura
30-03-2012
La nave fantasma
A 30 años de Malvinas. Trasfondo, tercera novela de la escritora tandilense Patricia Ratto, revisita el conflicto bélico por Malvinas desde el interior del submarino San Luis, que se sumergió 39 días en el Atlántico Sur en un intento por atacar la flota inglesa con armamentos precarios. Para ello la novelista entrevistó a los ex tripulantes y se metió en un buque idéntico.
La escritora Patricia Ratto junto con ex tripulantes del submarino San Luis en su visita al ARA Salta, una nave gemela, aún operativa.
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Pablo Makovsky / Edición impresa

 

Trasfondo, tercera novela de Patricia Ratto, transcurre en el submarino ARA San Luis durante su misión en la guerra de Malvinas. La historia recoge hechos reales, pero es una ficción que viene a contarnos, de algún modo, esa guerra. Entre sus antecesoras conviene citar Los pichiciegos, de Fogwill; Las islas, de Carlos Gamerro; Una puta mierda, de Patricio Pron. Sin embargo, Trasfondo se parece, en su juego de alusiones, en su creación de una inmersión dentro de otra, un poco a la novela de Fogwill y a nada anterior en la literatura argentina al menos. Mejor, se parece a las otras novelas de Ratto en esto: en la creación de una fantasmagoría que se expresa mejor en lo que respira que en lo que cuenta. En definitiva, la ficción es eso: la respiración del lenguaje en esos límites de la historia en que el discurso, la palabra parece extinguirse.

 

En 2006, cuando conocimos a Patricia Ratto a partir de la publicación de Pequeños hombres blancos –una novela que transcurre en un pequeñísimo pueblo de Chubut, durante la dictadura–, nos sorprendió el modo en que procedía el relato: corriéndose permanentemente de ciertos lugares: alguien ejerce violencia contra un perro, una abuela mapuche le hace saber a su nieta algo que no tiene palabras, personajes que deambulan como fantasmas. “Una verdulería que no vende verduras –nos enumeraba Patricia entonces–, una cervecería que es un depósito de cueros, una telefónica sin teléfonos, una iglesia sin cura. Se pone en marcha un procedimiento con el que intenté generar todo el tiempo una zona de niebla, de sombras, de incertidumbre, un territorio poblado de contradicciones en el que los bordes y los límites se desdibujan, un sitio en donde mucho es juego de apariencias, en donde nada ni nadie es lo que parece, y entonces todo y todos se vuelven sospechosos”. Ese clima, con otro procedimiento, es el que vuelve a palparse en Trasfondo, novela en que Malvinas es algo cifrado allá en la superficie, lejos de esa conciencia sombría que es el submarino y para la que la escritora visitó el submarino ARA Salta, gemelo del San Luis y casi una reliquia que la Fuerza de Submarinos de la Marina argentina comprara a Alemania tras la Segunda Guerra. Una máquina noble, pero desvencijada y en malas condiciones para hacer frente a un enemigo poderoso, que había desplegado en el Atlántico Sur su fuerza imperial, su larga tradición de guerreros de alta mar. Patricia Ratto dio con los submarinistas, los entrevistó, de algún modo les tomó el pulso, se familiarizó con el interior del submarino y desplegó sus propias tinieblas en esos 39 días de navegación a ciegas que duró la misión asignada a 35 hombres que nunca llegaron a ver las islas, que disponían de torpedos que no detonaban y eran buscados desde la superficie por helicópteros y buques de guerra bien provistos y modernos.

 

La historia que dio pie a Trasfondo llegó a oídos de Patricia Ratto en un acto por Malvinas, en 2009, en la escuela nacional Ernesto Sábato de Tandil, donde vive y trabaja como profesora. “Allí había un veterano de guerra que contó que tenía diecinueve años cuando estuvo en el submarino y comenzó a relatar cómo había sido su experiencia –cuenta Patricia–; yo me interesé por su testimonio, pero como tenía que ir a dar clase a otra escuela me tuve que retirar. A pesar de lo poco que había escuchado, la historia hizo su impacto, quedó en mi cabeza, me rondaba todo el tiempo, no podía evitarla. Entonces me puse en campaña para tratar de localizar a esta persona, algo que me dio bastante trabajo, hasta que finalmente conseguí su dirección. Me reuní con él y –debo confesarlo– mientras lo escuchaba comencé a pensar en abandonar el proyecto, porque me di cuenta de que no se podía escribir esta historia si no se sabía mucho de cuestiones técnicas de la navegación y de la guerra, y cuestiones prácticas de la vida en el submarino. Además, un único testimonio era poco para una historia que tenía tantas aristas. Y desistí, sí, pero seguía sin poder olvidar. Así que reconsideré y, allá por octubre de 2009, me fui a visitar el Museo de Submarinos. Pregunté si podía visitar un submarino, pero estaban en campaña. Entonces me volví a Tandil y entré en internet, en una página de veteranos que se llama El Malvinense, y dejé un mensaje diciendo que tenía intención de contactarme con tripulantes del ARA San Luis, veteranos de Malvinas, para conocer mejor esta historia”.

 

Detalles

 

La escritora necesitaba detalles sobre el funcionamiento del submarino, sobre los estrechos corredores en los que sólo pasa un hombre, las cuchetas que deben levantarse para hacer funcionar la sala de torpedos, cómo toma aire la nave (snorkel), qué es un rumor hidrofónico (la identificación de otros buques a través de sonidos que hace el sonarista). “Entrevisté a tripulantes que cumplían diferentes funciones en el submarino –cuenta la escritora–, en diferentes localizaciones (el enfermero, el cocinero, el timonel, el planero, el torpedista, el motorista, el electricista, el técnico en computación, etcétera). Hice más de una entrevista a cada uno. Las del sonarista fueron entrevistas clave, porque (eso lo fui entendiendo de a poco) el submarino es una nave ciega, nada se ve bajo el agua, todo lo que ocurre en el exterior debe ser reconstruido a partir de la escucha de un oído atento y entrenado que debe determinar, en segundos, si lo que oye es un submarino o un banco de krill, o tiene que contar las revoluciones de los motores para determinar el tipo de embarcación que la produce, si es una fragata misilística, un carguero, un portaaviones; sobre todo en esa época en que no había tantos adelantos como ahora”.

 

Los hombres que la escritora entrevistó permanecen aún en la Fuerza de Submarinos, “otros se jubilaron, muchos se fueron de baja y trabajan en ocupaciones tan disímiles que van desde ser remisero a electricista de circo”. Y ¿cuál es la percepción que tienen los hombres que entrevistaste de la represión?, le preguntamos: “Lo que más pesaba –dice Patricia Ratto– a la hora de hablar del tema de la represión en las entrevistas son las consecuencias que tuvo para ellos ser, por un lado, veteranos de Malvinas (parte de un fracaso que se quería olvidar) y, por otro lado, militares o ex militares, porque en general se los condenaba sin conocerlos, como se dice vulgarmente, “metiéndolos a todos en la misma bolsa”. Eso era en mayor medida lo que manifestaban.

 

Retorno

 

Ya en Nudos (2008), su segunda novela, Ratto había abordado el relato de alguien que volvió de Malvinas, que hablaba de la maldita guerra y que callaba lo que había vivido. “En Nudos –dice ella ahora– Malvinas aparecía narrada desde el presente, fundamentalmente desde las secuelas y cicatrices (físicas y de las otras) que había dejado en Manuel. En Trasfondo, la guerra aparece narrada desde el momento mismo de la guerra. Es un tema que ya me inquietaba cuando escribí Nudos, creo que por eso necesité ir hacia el pasado en busca de respuestas, para tratar de entender qué fue esa guerra. Yo tenía, por aquel entonces, la misma edad que ese primer submarinista al que entrevisté”.

 

El material reunido en las entrevistas, la cercanía con ese episodio terrible de la guerra, puso también a la escritora en un aprieto: “Yo estaba muy atrapada por la historia y sentía la enorme responsabilidad de respetarla –dice–, de no traicionar lo que me habían confiado, porque estaba trabajando con un hecho histórico, y sobre todo porque estaba entrevistando a personas a las que les dolía revelar su historia. De alguna manera pensaba que tenía que responder a esa confianza que ellos habían tenido para conmigo, de exponerse y contarme cosas personales. Yo me había propuesto estar a la altura de ese testimonio que recibía y en un momento me pareció que no iba a poder escribir; esa responsabilidad me paralizó. Hasta que una charla que tuve con el editor y con mi amiga, la escritora Elsa Drucaroff, me vino bien, porque entendí que mi oficio es escribir novelas –no crónicas periodísticas o libros de historia– y que, en última instancia, yo tenía que hacer eso: escribir una novela”.

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