Sergio Arelovich | Edición impresa
Los dichos del ministro Amado Boudou sobre la vuelta de Marx y Keynes a la enseñanza universitaria, las interpretaciones hechas por la prensa y el tenor alcanzado por las discusiones en una parte de la población docente y estudiantil en el seno de las universidades nacionales, son síntoma de que algo se mueve. El cuestionamiento más sostenido –en relación con el contenido de la currícula– lo dieron las Jornadas de Economía Crítica, cuya última edición se desarrolló en Córdoba el pasado mes de agosto.
Los planes de estudio de las carreras de la licenciatura en economía que forman parte de la oferta curricular de grado en el conjunto de las universidades argentinas –con muy contadas excepciones– responden a un patrón común: están construidos sobre una médula dorsal que es el pensamiento neoclásico. Se trata de la corriente principal, de la dominante, del pensamiento único que saltó de la esfera académica a la administración de gobierno, en los ensayos iniciales practicados en Chile desde 1973, a los que se sumaron las ondas neoconservadoras de Reagan y Thatcher a fines de los setenta y principios de los ochenta, experimentos que padecimos en nuestro territorio con diferente intensidad tanto en años de dictadura como de democracia.
Los lejanos recuerdos de los planes de estudio de mediados de los años setenta en nuestro país dan cuenta de miradas sensiblemente más abarcativas que las actuales. En ese entonces estudiábamos a Marx, a Kalecki, a Keynes, pero también a Schumpetter, al pensamiento económico latinoamericano y dentro de éste a los dependentistas, estructuralistas y cepalianos, a Quesnay, Smith, Ricardo y la escuela clásica, a Joan Robinson y la escuela de Cambridge, entre otros. La dictadura barrió con todo y la democracia sobreviniente nada modificó. Los planes de estudio se convirtieron en un recorrido de manuales dados por docentes que también se fueron formando en base a ellos. La economía política fue desapareciendo del vocabulario y en su lugar pasó al estrellato la economía a secas, un área disciplinar carente de personas, de aparente contenido técnico pero ocultando la trama relacional que existe detrás de lo económico. Economía a secas, que además fue presentada desprovista de historia, con pretensión de homogeneidad en un mundo diverso y equiparada a una ciencia exacta, simplificada ad infinitum en la relación de un par de variables más o menos significativas, explicables en funciones de producción alejadas de las prácticas del sistema realmente existente.
Repensar la enseñanza de la economía en las universidades implica por un lado balancear lo que se desea y necesita, por otro evitar caer en nuevos pensamientos únicos. La universidad es precisamente un espacio para contrastar, comparar, construir sobre las diferencias, elevar, reformular, en fin recrear a partir de lo existente. Sabiendo además que todo conocimiento es provisorio, que aquello que entendemos por “la realidad” se mueve todo el tiempo y que por tanto sus interpretaciones e intentos de transformación también deben ser dinámicos. Las obras de Marx o de Keynes no deben ni pueden ocupar el sitial bíblico o del Corán, no sirven para explicar el pasado, el presente y el futuro, pero sirven para muchas otras cosas de las cuales los “manuales” neoclásicos ni siquiera poseen en sus supuestos básicos.
Hay pequeños oasis. La Universidad Nacional de General Sarmiento posee desde hace varios años una carrera de economía política. En varias universidades nacionales hay cátedras que a contracorriente rompen el pensamiento único. El ministro Ángel Sciara es uno de esos gladiadores que se atreve a dar Kalecki para los futuros licenciados en economía en Rosario. Como curiosiosidad puede decirse que las rupturas más significativas lo han sido en otras carreras del área de sociales o exactas, en las cuales hay una o más materias referidas a lo económico, en general con enfoques heterodoxos.
Pero los cambios no son nada sencillos. Elaborando las mejores propuestas curriculares que superen el monocromático contenido de las actuales, tampoco se resuelve el problema. No hay docentes preparados para esa cruzada o los hay en número insuficiente, incluso los hay con perfiles defensivos, abroquelados en sus saberes clásicos, fruto del avasallador paso del neoclasicismo.
Además de contenidos y planteles docentes, se requiere de un elemento adicional. El que responde a la pregunta para qué formar economistas. Hoy se trata de profesionales con perfiles parcialmente adecuados a trabajos ofrecidos exclusivamente en esferas privadas. Constituye toda una rareza encontrar un egresado joven que sepa interpretar la ley de leyes: un presupuesto nacional, provincial o municipal. Más aún si lo que se pretende es encontrar un profesional dedicado al tercer sector, economía social, economía solidaria.
