“No se sabe lo mismo que se publica”

Pablo Makovsky | Cruz del Sur

 

La Nochebuena de diciembre de 2015 el periodista argentino Santiago O’Donnell cenó “salmón relleno con mascarpone y verduras”, la cocinera fue una abogada guatemalteca, quien obtuvo la receta de su madre vía telefónica “desde el otro lado del Atlántico”, porque si bien la cena tuvo lugar en suelo ecuatoriano, se trató de la embajada de Ecuador en Londres. O’Donnell, quien además de ser uno de los principales periodistas independientes de la Argentina, tuvo una largo período de formación en la sección policiales de un diario de Washington, Estados Unidos, fue uno de los invitados a ese festejo navideño cuyo anfitrión fue nada más ni nada menos que Julian Assange, recluido hace casi cuatro años en esa sede diplomática y responsable de una de las filtraciones más importantes de la historia, los Wikileaks, que desnudaron la política del servicio exterior estadounidense al mundo entero.

 

O’Donnell fue interlocutor de Assange en esa cena y, antes, en entrevistas que le permitieron desnudar el trato de la mayoría de la clase política y los principales actores del sistema judicial argentino con la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires. Quien no haya visto lo que se vino es porque no quiso: su libro “Argenleaks” es, acaso sin exagerar, una feria de atrocidades donde se exhibe la condición genuflexa de dirigentes desde la denunciadora Elisa Carrió al “suicidado” –es la pública conclusión de O’Donnell desde el primer momento, que nadie denostó por ninguna vía– fiscal Alberto Nisman o el actual presidente Mauricio Macri.

 

En esta entrevista, O’Donnell es tajante: el periodismo debe ser un fin en sí. Al frente de la sección Política Internacional del diario Página 12, no tiene inconvenientes en destratar a una de sus estrellas, Horacio Verbitsky, y dice que su blog (SantiagoODonnell.blogspot.com) le permite publicar esa información que intranquiliza al diario.

 

—Fuiste convocado a indagar en los Panamá Papers luego de que se diera a conocer la primera filtración, ¿por qué?

 

—Sí, fue varios meses después, por una mezcla de cosas. Hay mucha gente que criticó la cobertura de (el diario) La Nación. A nivel internacional hubo un editorial del New York Times y también del corresponsal para Sudamérica del diario alemán (el Süeddeutsche Zeitung) que había conseguido la exclusiva. Y también, a nivel interno, mucha gente expresó dudas. Y eso llevó al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (Icij, por sus siglas en inglés) a ampliar el target de quiénes recibían los papeles. Ellos (los periodistas de La Nación y Clarín) son socios del Consorcio, yo no. Igual (Horacio) Verbitsky y (Ernesto) Tenembaum son socios y no fueron incluidos. Y Daniel Santoro tampoco fue incluido, lo hicieron cuando me incluyeron a mí y a una periodista de Bahía Blanca que se llama Sandra Cruccinelli.Al principio le mandan los documentos a el periodista de La Nación Hugo) AlconadaMon y a dos de sus colaboradores, que recibieron claves para trabajar sobre esos documentos.

 

—Sin embargo las repercusiones fueron muy pobres, dada la magnitud de lo que las filtraciones revelaban: un presidente millonario que evade impuestos llevando su capital a paraísos fiscales.

 

—Muchos de los grandes diarios o los medios tradicionales formaban parte de la filtración y esas grandes corporaciones o sus principales avisadores tenían negocios offshore, y me parece que eso tiñó la cobertura más por el lado de excentricidades de ricos y famosos y no algo sistémico, estructural al sistema capitalista, que es lo que pienso yo. Me parece que hubo una cobertura quizás un poco frívola en ese sentido, pero sobre todo, y de algún modo, para defender intereses de corporaciones muy cercanas a los medios.

 

—Cuando decís que es algo sistémico coincidís con los análisis de economistas como Joseph Stiglitz, que dice que la fuga de divisas es uno de los principales generadores de pobreza.

 

—Claro, parecía que (la fuga de dinero a cuentas offshore) era algo anecdótico. Igual, yo quiero distinguir: una cosa es AlconadaMon y los periodistas que hicieron un gran trabajo con un gran esfuerzo y, otra, las posibilidades de publicar. Es más difícil para mí publicar algo de Cristóbal López o Lázaro Báez en Página 12 que para AlconadaMon publicar algo de Macri en La Nación. En mi caso, si es un tema sobre Macri tengo todo el apoyo, si trata sobre el dinero K lo tengo que publicar en mi blog porque al diario no le interesa. Y creo que los periodistas de La Nación también están bajo mucha, no sé si presión sería la palabra, pero evidentemente reciben con brazos abiertos y mucho apoyo y despliegue todo lo que tiene que ver con la ruta del dinero K, pero no todo lo que tiene que ver con este gobierno. La última revelación de los BahamaPapers o BahamaLeaks creo que fue muy esclarecedora en ese sentido: termina con una sola nota en la página 24 (de La Nación) firmada por cinco periodistas, lo cual demuestra la ambivalencia o la tensión que generan estas megafiltraciones en los medios.

 

—¿Cómo es trabajar en el panorama actual? Publicaste notas muy contundentes sobre Panamá Papers o sobre la muerte del fiscal Alberto Nisman que destrozan el actual relato oficial, sin embargo, jamás recibiste un apercibimiento judicial, ¿no?

 

—No, obvio que no. Están bastante bien fundamentadas y documentadas. Vos estás adentro o afuera, y cuanto más afuera estás, más libertad tenés pero también menos repercusión hayen lo que hacés. Y cuanto más adentro, más repercusión, menos libertad. Y dentro de ese juego, algunos tratamos de tener la mayor independencia posible y otros que privilegian el acceso. Y en esa constelación se erigen los distintos periodistas y las audiencias eligen qué consumir, a quién creerle.

 

—El uso del blog sigue siendo entonces fundamental.

 

—Sí, muchas veces, por ejemplo, con lo de Nisman, tenía más repercusión con lo que publicaba en el blog que con lo que publicaba en Página 12. Porque yo ya lo había anticipado: había escrito de Nisman antes de que se mate y Página 12 cambió su línea editorial, antes estaba a favor de Nisman hasta que él se peleó con el gobierno y ahí (el diario) pasó a ser anti-Nisman, del mismo modo que el grupo Clarín: si bien era pro-Nisman, se volvió fanático cuando acusó a los K. Entonces, muchos de los periodistas como (Jorge) Lanata, que vivía denunciando a Nisman, de repente pasó a ser fanático y uno de sus principales patrocinadores. Y por otro lado, periodistas como Verbitsky, que durante una década o más no dijeron nada sobre Nisman, de repente se dieron cuenta de que era malísimo. Entonces, esos cambios me parece que hicieron que mucha gente optara por tomarse el mayor trabajo de meterse en mi blog y encontrar al menos un relato consistente. Creo que cada vez más periodistas van a usar el blog. Es un arma que sirve. Creo que ahora los medios tienen un costo por no publicar o por censurar, o por ejercer su línea editorial, que antes no tenían. Creo que a Página 12, si saco algo en mi blog porque no me lo publican, le duele, paga un costo. Antes era gratis, porque antes no tenías un lugar donde expresarte. Ahora todos tenemos blogs, redes sociales, miles de seguidores, no hay un solo canal, entonces eso nos da más libertad.

 

—¿Cómo es la forma de trabajo con los Panamá Papers y, ahora, los Bahamas Papers?

 

—Se trata de aprender mucho de tecnología, en el caso de Bahamas y Panamá Papers, de organismos financieros y después quemarte las pestañas, pasarte noches enteras leyendo mails, porque la mayoría de los documentos vienen en forma de correo electrónico.

 

—¿Y no hay programas de búsqueda y conexión de datos?

 

—Hay de todo, pero la tecnología no es el fuerte de Página 12 ni tampoco el mío. Trato de utilizar todos los elementos a mi alcance, trato de compensar la falta de infraestructura en Página 12 con la ayuda de gente del movimiento pirata, del movimiento del software libre, trato de compensar esas desventajas en recursos humanos y materiales para lo que son estas nuevas tendencias que tienen que ver con las megafiltraciones, pero después hay otro aspecto que es muy importante que es, como veníamos diciendo, el de la libertad para poder decir cosas. Muchas veces es más fácil averiguar algo que publicarlo. Y es ahí donde muchas veces podés hacer la diferencia con otros medios que por ahí están mucho mejor equipados y tienen más recursos, pero tienen también más conflictos de interés. Y creo que la libertad es más importante que los recursos.

 

—¿Creés, como dice Verbitsky, que hay una especie de negación de los hechos permanente en cierto discurso oficial?

 

—No sé, me parece irónico que lo diga Verbitsky, que debe ser uno de los grandes negadores. ¿Cuántas cosas cuenta? Me parece que es un gran periodista, debe ser de los mejores que hay en la técnica de la investigación, pero claramente es más importante para él la política que el periodismo; (para él) el periodismo es un medio y la política es un fin. De todos lados se cuecen habas, nadie tiene la verdad absoluta. Verbitsky, que yo sepa, nunca contó qué hizo cuando era oficial de inteligencia montonero. Creo que los periodistas, por lo general, contamos muy poco de lo que sabemos, porque no es lo mismo saber algo que poder publicarlo.

 

—Lo que me lleva a pensar que para vos el trabajo periodístico ya es un fin en sí.

 

—Claro, para mí es unfin. Digo, demasiado difícil es hacer periodismo como para querer cambiar el mundo, me parece que el mundo se cambia a partir de granitos de arena que aportamos todos. Creo que hay un lugar para generar un espacio público donde podamos poner un par de datos básicos que sean el principio de un acuerdo entre distintos sectores sobre el cual se pueda empezar a discutir. Y me parece que esa podría ser una función para un periodista.

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Jueves 27 de Abril de 2017
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