Economía parasitaria
Michael Hudson, un prestigioso economista que es profesor en universidades estadounidenses, cuenta en esta entrevista cómo el poder financiero, además de financiar campañas presidenciales para beneficiarse, creó un sistema en el que Wall Street simula ser el motor de su funcionamiento cuando en realidad es un parásito. Augura un futuro oscuro si los rentistas toman el mando, como la caída del Imperio Romano. 

 

Michael Hudson. Entrevista de Chris Hedges | TheRealNews.com

 

A fines de marzo pasado, antes de que se conociera el escándalo de los Panamá Papers, el periodista Chris Hedges (toda una eminencia, ganador de un Pulitzer, durante décadas corresponsal en América Central y Oriente Medio, y comprometido activista en las protestas Occupy Wall Street) entrevistó en el programa de radio “Days of Revolt” al economista Michael Hudson, quien publicó este año “Killing the Host: How Financial Parasites and Debt Destroy the Global Economy” (“Matar al huésped: o cómo los parásitos financieros y la deuda destruyen la economía mundial”).

 

Hudson profesor de ciencia económica en prestigiosas universidades de Estados Unidos. En su nuevo libro, tal como lo leyó Hedges al comenzar el programa, Hudson escribe: “Hace mucho tiempo que Adam Smith señaló que a menudo los mayores beneficios se registran en las naciones que más rápidamente se encaminan hacia la ruina. Hay muchas formas de generar un suicidio económico a escala nacional. La principal, históricamente, ha pasado por el endeudamiento de la economía.

 

La deuda siempre se expande, hasta llegar al punto en que un gran sector de la economía no puede seguir honrándola. Llegados a ese punto, se impone la austeridad, y la apropiación de la riqueza se polariza entre el 1% y el 99%. Esta no es la primera vez que sucede eso en la historia. Pero sí es la primera vez que el proceso de endeudamiento se ha diseñado adrede (…) Como si el grueso de los deudores pudiera hacerse rico endeudándose, en vez de quedar, como es el caso, reducido a una condición de servidumbre por deuda.”

 

En una larga entrevista que puede escucharse en su idioma original TheRealNews.com o en YouTube (y cuya traducción española completa puede leerse en SinPermiso.info, Hudson recorre desde ese punto (el endeudamiento que beneficia a los más ricos) hasta las mentiras de la teoría económica neoliberal y cómo el sistema político profesional se financia con el capital financiero. (En negritas las preguntas de Hedges.)

 

—¿Qué pasó con el estudio de la teoría económica para que, paulatinamente, fuera cayendo en manos de ideólogos?

 

—La esencia de la teoría económica clásica fue la reforma del capitalismo industrial, su reordenamiento, a fin de liberar a las economías europeas del legado del feudalismo. El legado del feudalismo eran los terratenientes extractores de renta de la tierra que vivían como una clase que se apropiaba del ingreso sin producir nada. Ocurría también que los bancos no financiaban a la industria. Los grandes industrialistas, desde James Watt y su máquina de vapor hasta los ferrocarriles…

 

—De su libro se desprende que los bancos casi nunca financiaron a la industria.

 

—Ese es el asunto. Jamás lo hicieron. Cuando llegamos a Marx luego, bien avanzado el siglo XIX, se puede ver una discusión en curso, sobre todo en Alemania, sobre cómo lograr que los bancos hagan algo que no hacían bajo el feudalismo. Y ahora mismo estamos viendo cómo el excedente económico está siendo drenado, no ya por los terratenientes, sino también por los bancos y los tenedores de bonos.

 

Adam Smith estaba radicalmente en contra del colonialismo porque conducía a guerras, y las guerras llevaban a contraer deudas públicas. Dijo que la solución para prevenir que esa clase financiera de tenedores de bonos cargara a la economía imponiéndole más y más impuestos sobre los bienes de consumo cada vez que se iba a la guerra era financiar las guerras sobre la base de pagos al contado. En vez de tomar empréstitos, habría que exigir impuestos a la gente. Entonces, pensaba, si todos sentían la carga de la guerra en forma de pago de impuestos, tomarían posición contra la guerra. Bueno, pues llevó todo el siglo XIX luchar por la democracia y extender el voto de forma tal, que en vez de que fueran los terratenientes quienes controlaran el Parlamento y su capacidad de legislar e imponer sistemas tributarios a través de la Cámara de los Lores, fueran los trabajadores, las mujeres y todo el mundo quienes lo hicieran. La teoría era que el conjunto de la sociedad votaría en interés propio. Votaría a favor del 99%, no del 1%. Por la época en la que Marx escribía, hacia 1870, pudo ver lo que estaba ocurriendo en Alemania. Los bancos alemanes buscaban ganar dinero en conjunto con el gobierno haciendo empréstitos a la industria pesada, en muy buena medida al complejo militar-industrial.

—Una de la tesis que usted sostiene en su “Killing the Host” y que a mí me resulta particularmente atractiva es que, en casi todos los casos, quienes tienen capacidad para hacer dinero parasitariamente a partir del interés y de la renta lo que han hecho –si nos remontamos a los orígenes– es, o bien saquear y apropiarse de tierras por la fuerza, o bien heredarlas.

 

—Es verdad. En otras palabras, su ingreso es un ingreso no ganado. El resultado de esta revolución anti-clásica que usted puede observar inmediatamente antes de la Primera Guerra Mundial fue que el crecimiento económico en la última década ha ido a parar al Uno por Ciento. A Wall Street, a los bienes raíces.

 

—Pero usted culpa de eso a lo que llama la teoría económica basura. Explique un poco cómo, en substancia, es una forma ficticia de medir la economía.

 

—Bien, hace algún tiempo, yo fui a un banco situado a una manzana de aquí –una oficina del Chase Manhattan Bank— y saqué dinero del cajero automático. Al darme la vuelta, había dos rateros. Uno me empujó y el otro me sacó el dinero, y echaron a correr. El guarda de seguridad estaba allí y lo vio todo. Así que pedí que se me devolviera el dinero que me habían robado ante sus propios ojos. Miren, dije, he sido asaltado en su propio banco, enfrente mismo. Y ellos dijeron: “Bueno, no armamos a nuestros guardias de seguridad para que disparen sobre nadie, porque el ladrón podría demandarnos y eso no lo queremos de ninguna manera”. Me dieron la cantidad de dinero robada. Bien, imagine que usted cuenta todo este dinero robado y lo suma al PBI. Porque lo cierto es que el ratero ha prestado el servicio de no  apuñalarme. O suponga que alguien va a un cajero automático y el ladrón le dice: “Tus dineros o tu vida”. Usted dice: “Vale, aquí están mis dineros”. El ratero le ha dado a usted la posibilidad de elegir su vida. En cierto modo, así es como funciona la contabilidad del PBI. No es tan distinto del modo en que Wall Street extrae dinero de la economía. Luego, usted tiene también terratenientes que extraen.

 

—Volvamos atrás. Extraen dinero de la economía por la vía de la servidumbre por deuda. Por la vía de…

 

—De no jugar un papel productivo, básicamente.

 

—Cierto. Así pues, los intereses de las tarjetas de crédito, los intereses hipotecarios, los de los préstamos para adquirir automóviles, los de los préstamos a los estudiantes. Así es como consiguen sus fondos, ¿no?

 

—Cierto. El dinero no es un factor de producción. Pero para tener acceso al crédito, para acceder al dinero, para acceder a la educación, tenés que pagar a los bancos. En la New York University (NYU), pongamos por caso, trabajan con el Citibank. Yo creo que la gente del Citibank estaba en el patronato de la NYU. Conseguís estudiantes cuando llegan a la oficina local del banco. Y una vez estás en un banco y sacás dinero cada mes de tu cuenta mediante gastos electrónicos con tarjeta o de otro tipo, es muy incómodo cambiar. De manera que, en substancia, lo que tenemos es lo que los economistas clásicos llamaban una clase rentista. La clase que vive de rentas económicas. Terratenientes, monopolistas que cargan sobreprecios, y bancos. Si se tiene una empresa farmacéutica que inopinadamente aumenta el precio de un fármaco de 12 a 200 dólares, los beneficios se disparan. Este incremento del precio del fármaco se computa en la contabilidad nacional de ingresos como si la economía estuviera produciendo más. De modo que todo este supuesto crecimiento económico ha sido enteramente capturado por el Uno por Ciento en los últimos diez años, y aún tienen el cuajo de hablar de crecimiento económico. Pero la economía no está creciendo.

 

—¿Porque no hay reinversión?

 

—Correcto. No es producción, no es consumo. La riqueza del Uno por Ciento se obtiene esencialmente por la vía de prestar dinero al 99% y luego cargar intereses sobre ese préstamo y terminar reciclando ese interés a  una tasa de crecimiento exponencial.

 

—¿Y por qué es importante, según infiero yo de la lectura de su libro, que la teoría económica dominante contabilice ese ingreso rentista como ingreso productivo? Explique por qué es tan importante.

 

—Si usted es un rentista, querrá que se diga que usted ganó sus ingresos. Estamos hablando de Goldman Sachs. El jefe de Goldman Sachs salió y dijo que los trabajadores de Goldman Sachs son los más productivos del mundo. Y que por eso cobraban lo que cobraban. El concepto de productividad en Norteamérica es ingreso dividido por trabajo. De manera que si estás en Goldman Sachs y te pagás a vos mismo 20 millones de dólares anuales entre remuneraciones y bonos, se considera que añadiste 20 millones de dólares al PBI, y eso es enormemente productivo. Bueno, pues la cuestión es si Goldman Sachs, Wall Street y las empresas farmacéuticas predadoras añaden realmente “producto” o si, por el contrario, lo que hacen es explotar a los demás. Precisamente por eso me serví del término “parasitismo” en el título de mi libro. La gente cree que un parásito es quien simplemente se limita a extraer sangre de un huésped o dinero de una economía. Pero en la naturaleza el parásito no puede simplemente venir y extraer algo. Para empezar, necesita paralizar o insensibilizar al huésped. Tiene un enzima capaz de evitar que el huésped se percate de su llegada. Y luego los parásitos tienen otro enzima que toma el control del cerebro del huésped. Induce al huésped a imaginar que el parásito es parte de su propio cuerpo, razón por la cual necesitaría ser protegido. Y eso es básicamente lo que ha hecho Wall Street. Se pinta a sí mismo como parte de la economía. No como un envoltorio, no como algo externo, sino como una parte realmente integral que ayuda al cuerpo a crecer, y aun como una parte que, en realidad, es propiamente responsable del grueso del crecimiento. Sin embargo, lo que realmente hace el parásito es inhibir el crecimiento.

El resultado es una inversión de la teoría económica clásica. Pone a Adam Smith cabeza abajo. Dice que lo que los economistas clásicos llamaban improductivo –el parasitismo– es en realidad la economía real.

 

—Y yo creo que el paradigma de eso –usted lo apunta en su libro– es lo que ocurrió con las grandes empresas con dividendos sobre sus acciones y recompras de sus propias acciones. Tal vez podría usted explicarnos esto.

 

—En los libros de texto más superficiales y en los medios de comunicación puede encontrarse la idea de que si las grandes empresas tienen grandes beneficios, los tienen por ser productivas. Y también que si el precio de una acción sube, no estás sino capitalizando los beneficios: el precio de las acciones reflejaría el papel productivo de la empresa. Pero no es eso lo que ha venido ocurriendo en los últimos diez años. Precisamente en estos dos últimos años, el 92% de los beneficios de las grandes empresas en Norteamérica se han gastado, o bien en la recompra de sus propias acciones, o bien en pagos de dividendos a fin de aumentar el precio de las acciones.

 

—Esta estrategia funciona temporalmente.

 

—Temporalmente. Porque usas ingresos pasados para recomprar acciones, despedir trabajadores, si puedes, y trabajar más intensivamente. Para pagar dividendos. Este es básicamente el modelo del saqueador de empresas. Usas el dinero para pagar a los tenedores de bonos basura a intereses elevados. Y, obvio es decirlo, terminas poniendo en aprietos a la compañía, porque no hay nueva inversión. De modo que los mercados se encogen.

 

—El resultado final del que usted habla en su libro es, en substancia, permitir que lo que usted llama la clase rentista o especulativa canibalice a la sociedad toda hasta el colapso de la misma.

 

—Un derecho de propiedad no es un factor de producción. Mire lo que pasó en Chicago, la ciudad en la que yo crecí. Chicago se negó a aumentar los impuestos a los bienes raíces, especialmente a sus caros bienes raíces comerciales. De manera que su presupuesto incurrió en déficit. Necesitaban dinero para pagar a los tenedores de bonos de deuda municipal, de manera que vendieron los derechos de estacionamiento y se instalaron parquímetros por doquier. Bueno, pues ahora el coste de vivir y hacer negocios en Chicago es más alto, porque hay que pagar el estacionamiento. Si Chicago quiere organizar un desfile o bloquear el tráfico, tiene que pagar a Goldman Sachs por el lucro cesante (los dineros que la empresa habría recaudado, si no se hubiera cerrado el tránsito). Inopinadamente, resulta que es mucho más caro vivir en Chicago a causa de eso. Pero ese gasto añadido de tener que pagar por los derechos de aparcamiento de Goldman Sachs –de tener que pagar intereses a sus tenedores de bonos– se contabiliza como un incremento en el PBI, porque se ha creado más producto simplemente haciendo más recargos.

 

—Me gustaría hablar de esa clase política que se identifica con los valores liberal-progresistas del Partido Demócrata y con Barak Obama. Suelen servirse del lenguaje de la justicia económica y aun criticar retóricamente a Wall Street, pero han estado tan comprometidos con ese proyecto neoliberal como los Republicanos.

 

—La clave para entender esa política demagógica pasa por darse cuenta de que quien apoya realmente es quien financia las campañas electorales. La tarea del político profesional consiste en esto: entregar su electorado a quien les apoya. Obama fue un genio haciendo eso que ahora trata de hacer Donald Trump: secuestrar a un electorado. Esa fue su columna capital A: un grupo focal que atendía a todo lo que los electores desean. Desean un alivio de la deuda. Desean mejores empleos. Desean un salario mínimo más alto. Y la segunda columna de carga, la B, la que escondieron, fue lo que deseaban los financiadores electorales de Wall Street. A Obama lo eligió básicamente Robert Rubin, quien se convirtió en el jefe de Citibank cuando salió de Goldman Sachs. Obama fue elegido por Robert Rubin de Wall Street bajo promesa de hacer lo que realmente iba a hacer. Que era lo mismo que se apresta a hacer hoy cualquier presidenciable. La tarea del político profesional consiste en entregar a quienes le financian la campaña –todos ubicados en Wall Street– a quienquiera que le vote. Republicanos lo mismo que Demócratas, pero especialmente los Demócratas, que son realmente el ala wallstreetiana del sistema político norteamericano. Los Republicanos están más por las grandes empresas monopolistas, son el ala petrolera y gasística del sistema político.

 

 —Pero seamos claros: los medios no explican la realidad económica. En absoluto. No dejan de hablar de recuperación económica.

 

—Ese es el asunto. Resultado: los medios que cuentan ese cuento están creando un síndrome de Estocolmo; la víctima secuestrada se identifica con el victimario. La idea es que, con que sólo lográramos dar más dinero a Wall Street, estaríamos salvados. Así que la Reserva Federal no tendría sino que bombear más y más dinero a la economía. Hablan de la Reserva Federal y de su helicóptero regador de dinero. Pero el helicóptero de la Reserva Federal sólo inunda con dinero a Wall Street, no a la economía. La gente no lo percibe. La Fed no dice: “Vamos a ingresar 200 dólares en los depósitos bancarios de todo el mundo para que dispongan de dinero y puedan hacer frente a sus deudas”. Sólo se presta dinero a Wall Street. ¿Y qué hace Wall Street con ese dinero? Prestar dinero. De manera que la solución al problema de deuda en que nos hallamos –deflación por sobreendeudamiento– sería prestar aún más dinero.

 

—El valor de tu casa crece y crece, y creés que has creado ese valor, que eso es una forma de creación de valor.

 

—Ese es el problema que se dio en 2008. Obama tenía la opción de salvar a la economía o salvar a Wall Street. Eligió salvar a Wall Street. Y la única forma de salvar a Wall Street, si los bancos han hecho un montón de malos préstamos, es ayudarlos para que no quiebren. ¿Qué harás? Pues les darás dinero. La justificación mediática de eso es la teoría según la cual los bancos ganan dinero prestando dinero a la industria para que ésta construya más fábricas y dé empleo a más gente.

 

—Y resultó que el crédito para la pequeña empresa y para los consumidores siguió encallado.

 

—En efecto. Wall Street sabía que el mercado de bienes raíces estaba saturado de préstamo. En otras palabras: fin de partida. Nadie podía ya seguir pagando alquileres e hipotecas por encima de sus ingresos. Los bancos ni siquiera podían ya hacer más préstamo a través de las tarjetas de crédito. Así que empezaron a reducir también sus riesgos en ese ámbito de las tarjetas de crédito. Y lo que hicieron fue pasar a jugar con las divisas. Cuando Grecia tuvo problemas reales por el hecho de que los bancos alemanes y francesas le habían prestado demasiado, lo que el FMI quiso hacer fue cancelar la deuda griega. Pero entonces Geithner se puso en contacto telefónico con Europa, y Obama fue a las reuniones del G20 y dijo: “Miren, no pueden cancelar la deuda griega, porque los bancos norteamericanos se han convertido entretanto en apostadores de ese hipódromo. Tenemos un capitalismo de casino. Nuestros bancos han apostado y han prometido garantizar los bonos griegos. Si se cancelan los bonos griegos, los bancos norteamericanos sufrirán las consecuencias. Y si nosotros sufrimos las consecuencias, les aseguro que ustedes sufrirán también las consecuencias. Arrastraremos a los bancos europeos. ¿Están ustedes seguros de querer eso?” De manera, que los juegos de apuestas de Wall Street terminaron por apartar a Grecia de la Unión Europea. Wall Street quería disgregar políticamente a Europa sólo para favorecer a los bancos de inversión de Wall Street –básicamente, cuatro– y hacerles ganar dinero asegurando la deuda griega y tratando el mercado financiero como una carrera de caballos. En este punto nos hallamos ahora. No se trata aquí de un imperialismo que drena economías foráneas. No, se trata de Wall Street y sus apuestas.

 

—¿Pero funciona? Porque yo no creo que la mentira de la teoría económica neoliberal se la traguen así como así amplios segmentos de la población, ni siquiera quienes se arremolinan en torno a Trump.

 

—Es verdad. Saben que algo va mal, pero no saben qué es, porque nadie les cuenta cómo funciona realmente la economía. La razón de que yo pudiera alertar de la llegada de la crisis un año antes de que estallara es que yo disponía de los gráficos que publiqué en la revista Harper’s. Mis gráficos se citaron en el Financial Times como los únicos, entre los que pronosticaron la crisis, que preveían cómo y explicaban por qué iba a suceder. Cualquiera que atienda a los diagramas de Wall Street sobre la capacidad de pago, se da cuenta de que esto es exactamente lo que pasó en los años 20 del siglo pasado. Cualquiera que atienda a este tipo de gráficos le dirá que hay una intersección, un punto de ruptura, y que hay una crisis. Norteamérica tiene ahora la misma crisis que tuvo la Argentina, que tuvo Grecia, que tuvo Letonia, que tuvo Rusia. Esas economías son nuestro futuro. Iremos yendo paulatinamente a peor, en un desplome a cámara lenta.

—¿Pude ser que terminemos en una forma de neofeudalismo, con una rapaz elite oligárquica al mando de un atroz Estado policial encargado de reprimirnos?

 

—Eso es precisamente lo que pasó en el Imperio romano. Si usted lee a los grandes historiadores romanos, como Tito Livio y Plutarco, verá todos cargan la decadencia del Imperio romano en la cuenta de una clase acreedora predadora y de los latifundistas. Los acreedores se hicieron con todo el dinero y se dedicaron a comprar más y más tierras, desplazando a todos los demás. El resultado en Roma fue una Edad Oscura, y eso puede durar mucho tiempo. La Edad Oscura viene cuando los rentistas toman el mando. Si echa usted una mirada retrospectiva a los años 30, verá que Leon Trotsky dijo que el fascismo venía de la incapacidad de los partidos socialistas para avanzar en una alternativa. Si los partidos socialistas y los medios de comunicación no avanzan alternativas a ese neofeudalismo, lo que tendremos será una vuelta triunfal del feudalismo. Pero en vez de ocupación militar de las tierras, lo que tendremos será una toma de control financiera de los bienes raíces. Las finanzas se han convertido en el nuevo modo de hacer la guerra. No militarmente –salvo en Europa, huelga decirlo–, sino sencilla y financieramente. Puedes conseguir la toma de control de las tierras y de las compañías mediante incursiones y razias empresariales. Repare usted en el hecho de que el léxico de Wall Street es de conquista y exterminio.

 

—Y, en substancia, nos estamos convirtiendo en un país de aparceros.

 

—Exactamente. De aparceros obligados a comprar en el galpón del propio patrón. Y recuerde que la tarea del político del sistema es prometer una visión amable para luego estafar al electorado.

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Miércoles 23 de Agosto de 2017
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