Expertos en recortes

En “Cuando los economistas alcanzaron el poder”, Mariana Heredia analiza y traza la historia de cómo cierto discurso económico ganó lugar en la Argentina de la década del 70 e impuso como termómetros de la realidad las mediciones de la inflación y el dólar, borrando del mapa la discusión en torno a la desigualdad. Allí nació la idea de que el Estado debía achicarse porque era culpable de todos los males.

 

Julieta Grosso | Télam

 

En paralelo al terror que esparció sobre la sociedad argentina, la dictadura militar fijó las bases para el empoderamiento de los economistas, una estirpe de especialistas que amparados en su saberes obtuvo consenso para tomar decisiones de peso al calor de los procesos inflacionarios que sacudieron al país y al resto de Latinoamérica en las últimas décadas, según rastrea la socióloga Mariana Heredia en su ensayo “Cuando los economistas alcanzaron el poder”.


¿Cómplices de la debacle económica o artífices del crecimiento? La visibilidad y preponderancia de los economistas, un fenómeno de alcance mundial pero con singularidades notables a nivel local, está asociada a la consolidación de dos variables –la inflación y el endeudamiento– que se instalaron como núcleos urgentes en la agenda política y erigieron a estos expertos como eslabones imprescindibles de toda gestión pública.


“Europa se presentaba como el futuro y América Latina venía detrás. Se aventuraba un futuro con planificación estatal para llegar a un mundo mejor pero esa idea se rompió con la crisis del 2007 y ahora son los economistas los que justifican la austeridad y los ajustes –destaca Heredia en esta entrevista con una periodista de la agencia Télam–. Los economistas del mainstream se hacen fuertes ahí donde el Estado muestra ostensiblemente sus desigualdades”.


En “Cuando los economistas alcanzaron el poder”, ensayo recién publicado por Siglo XXI editores, la autora revisa las experiencias macroeconómicas que signaron las últimas décadas del siglo pasado –dos hiperinflaciones, sucesivos ciclos de confiscación de los depósitos bancarios, una tensión en ascenso entre el dólar y la moneda local y el mayor default registrado hasta la fecha– y analiza su imbricación con la consolidación de los economistas como referentes indiscutibles.


Dos hitos anclados en el escenario de los 90 obran como el disparador de esta obra en la que Heredia reprocesa su perplejidad inicial para transformarla en hipótesis de trabajo: el desmoronamiento de la convertibilidad tras una década en la que se erigió falsamente como modelo de crecimiento económico y una relectura de los debates en torno al rol de las reformas neoliberales aplicadas en el incremento sustantivo de los índices de desigualdad.


“Me interesó trabajar sobre esta idea en circulación de que ahí donde se liberalizaban los mercados y el Estado se retiraba de la regulación y la provisión de servicios públicos, aumentaba el nivel de pobreza, se multiplicaban los desempleados y se degradaba la calidad de vida. Esa era como una constatación en la Argentina de ese momento y yo entonces me rehusaba a circunscribir a la sociología como una cámara de resonancia del padecimiento de las mayorías perjudicadas por esas políticas”, explica Heredia.


“La pregunta que me surgía era qué había pasado en la historia del país que había permitido que una nación que había estado entre los estados de bienestar más desarrollados de la región, con sindicatos y burguesías nacionales relativamente fuertes en relación con otros países hubiera abandonado ese modelo de organización para abrazar medidas económicas perjudiciales para la igualación de la sociedad”, explica la ensayista.


En articulación innegable con el trazado de esas políticas económicas que parecieron abjurar de la rica herencia esparcida por el modelo agroexportador que se extendió entre 1880 y 1930, los economistas se posicionaron como un nuevo actor social que eclipsó los discursos y las interpretaciones, subsumiendo en parte la agenda política a los relatos legitimantes emanados de esta disciplina.


Así, esta estirpe de especialistas devenidos garantes del juicio objetivo alcanzaron una visibilidad inédita en los medios al mismo tiempo que avanzaban en la fundación de centros de investigación respaldados por organismos internacionales o empresarios y accedían a cargos cada vez más importantes


—¿Qué particularidades tuvo este fenómeno de empoderamiento de los economistas en la agenda de Estado?


—Por un lado, en el mundo entero se dio el ascenso de expertos de esta disciplina a la esfera social, con posibilidades de tomar decisiones de profundas consecuencias para las sociedades, aunque se vio con mayor nitidez en las democracias más débiles o vacilantes –analiza Heredia, doctora en Sociología por la Ecoles des Hautes Etudes de París.


—Es el ascenso del liberalismo.


—El liberalismo y las ciencias económicas tuvieron puntos de partida diferentes. El liberalismo tiene una larga tradición que arranca con la revolución francesa y que en la Argentina como en el resto de América Latina se entronca con el positivismo y fundó gran parte de nuestras instituciones bajo la idea de que la iniciativa privada era necesariamente virtuosa. Las ideas económicas, en cambio, aparecen mucho más tarde, a principios del siglo XIX, y se van a afirmar sobre todo a partir de los 30 y 40 con la crisis del liberalismo y con la idea de que los estados necesitan intervenir fuertemente sobre los mercados y el comercio en pos del bienestar de sus sociedades. Entonces, en sus orígenes los economistas no son partidarios de la libertad de los mercados y el repliegue estatal. Al contrario, son los que van a surgir con el objetivo de asistir a la racionalización del desarrollo.

 

Estado y política

 

—¿El crecimiento de la preponderancia de los economistas es inversamente proporcional a la erosión del Estado y al descrédito de la política?


—Lo que empieza a pasar a partir de los 70 es que muchos economistas, tanto en la Argentina como en el mundo, empiezan a atribuirle a los estados la responsabilidad de la crisis”. En ese sentido la inflación en nuestro país tiene una larga data pero recién en la década del 70 los economistas, en especial los que asesoran a los militares, introducen la idea de que el Estado es el gran responsable y por lo tanto se tiene que retirar para dejar “a los que saben” que restablezcan el orden.


—¿Colocar algunas cuestiones en el centro de la agenda pública, como el seguimiento minucioso de los vaivenes de la inflación, desplazó otras temáticas acaso más cruciales, como la desigualdad?


—El punto de inflexión en ese aspecto se da a partir de los 70 cuando la inflación empieza a ser percibida como un problema que atañe a todos por igual, que genera una lucha de todos contra todos y que no se puede resolver colocando al estado como principal culpable. Ahí es donde se instalan esas recetas que instan a la reducción del gasto público.


En ese sentido, el ascenso de los economistas como expertos y la confianza que despiertan en la sociedad no se corresponde con un ascenso de otros expertos en otras áreas y con la construcción de otros problemas que tiene una importancia equivalente o superior como es la planificación del desarrollo, el apuntalamiento de la educación o la implementación de infraestructura que equilibre la diferencia entre los distintos sectores del país.

 

 

 

La tesis


Cuando los economistas alcanzaron el poder (o cómo se gestó la confianza en los expertos)


“Introducción”, por Mariana Heredia

 

Tanto en el sentido común como en las interpretaciones académicas, la noción de crisis parece por momentos haber perdido todo referente temporal preciso. Para algunos, todo se inició en los años treinta con la ruptura del régimen constitucional, o en 1945 con el ascenso del peronismo, dos fenómenos que, en su profunda diversidad, cerraron el ciclo liberal inaugurado a fines del siglo XIX. Para varios, la crisis comenzó una década más tarde, cuando tras el derrocamiento de Perón se encadenaron diversas tratativas infructuosas de recomponer el orden. Para otros, incluso, sería la última dictadura militar la partera de todos los males. Para muchos, al fin, la crisis no sería en la Argentina un punto de inflexión sino una calamidad recurrente que, con cierta impuntualidad, ha ido marcando el pulso de cada una de las últimas décadas.


La tesis de este libro es que, aunque fuera un fenómeno de larga data, la inflación se erigió a partir de mediados de los años setenta en el principal termómetro de la crisis y que este modo de tematizar las dificultades del país acompañó y justificó desde entonces rupturas trascendentes.


Claro está, la inflación no era una experiencia nueva para los argentinos. Entre 1945 y 1974, la media de incremento anual de los precios se situó en torno del 28%, y estos valores estuvieron por encima de los promedios del mundo entero.


No obstante, como en otros países en desarrollo, la inflación argentina fue, al menos hasta 1975, una preocupación relativamente menor. Aunque la cartera económica recayera con frecuencia en manos de especialistas empeñados en alcanzar la estabilidad, sus mandatos fueron precarios, sus atribuciones, restringidas y no lograron revertir en forma duradera ni el incremento de los precios ni el “estatismo” que muchos criticaban.


Es a partir de 1975 y sobre todo de 1976 que convergen tres grandes procesos: la entronización de la inflación como problema público y político de primer orden, la delegación de la política antiinflacionaria en expertos independientes y la sucesión de experimentos macroeconómicos de singular osadía. Si bien el incremento del costo de vida no había estado ausente del debate público ni de la movilización de los actores sociales vinculados al trabajo y al capital, con el Rodrigazo y los planes de estabilización que lo siguieron la inflación fue conquistando mayor interés en los medios al tiempo que se iba convirtiendo en materia de especialistas.


En paralelo, en la medida en que las dificultades económicas se imputaron a los errores cometidos por las autoridades precedentes, a las que se acusaba de irracionalidad presupuestaria y administrativa, los reclamos por el restablecimiento del orden monetario tomaron la forma de una exigencia en pos del aislamiento de los decisores y de la afirmación de una autoridad central fuerte. A través de esta interpretación de la inflación, la ciencia económica se fue afirmando como garante de un juicio objetivo, como fundamento de un programa realista y como justificación de una voluntad estatal inflexible.


La atención en los desafíos enfrentados por los sucesivos gobiernos permite contar de otra manera la historia de las grandes transformaciones del último cuarto del siglo XX. Más que en un consenso en pos de las reformas de mercado o en un enfrentamiento encarnizado entre dos proyectos de país contrapuestos, fue en la dialéctica entre inflación y política antiinflacionaria donde se jugó la reformulación del orden de posguerra.


Parte del libro puede leerse en: Siglo XXI Editores.

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Jueves 27 de Abril de 2017
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