Pablo Makovsky |
Cruz del SurTambién hay una
isla y gente que desaparece y una línea temporal que se quiebra. Y actúa
Jorge García (sí, Hugo Reyes, o Hurley), aunque también actúa Sam
Neill. La serie de la que hablamos no es
Lost, sino
Alcatraz,
en la que el multifacético J.J. Abrams vuelve a trabajar con la
escritora y productora de la serie de la otra isla, Elizabeth Sarnoff.
En su país de origen se estrenó el lunes 16 pasado, aquí también, sólo
que por internet. Aunque Warner, el canal que la emitirá en febrero en
Argentina, puso al aire el episodio piloto el domingo pasado, a modo
avant premiere.
Diez millones de televidentes en el estreno, gran
expectativa y el atractivo de la legendaria prisión frente a la costa
de San Francisco, La Roca, que vimos en películas que tuvieron de
protagonistas a Clint Eastwood o a Sean Connery. Qué va a hacer Abrams
r
con
Person of Interest, con
Fringe (que reapareció el
viernes 13) y con todos los proyectos que lo tuvieron involucrado es
algo que quedará para otro momento; por ahora es claro que, habiendo de
nuevo una isla,
Alcatraz es el lugar donde el hombre debe estar.
El
piloto arranca con la voz de Sam Neill que nos dice: “El 21 de marzo de
1963, Alcatraz cerró oficialmente debido a los elevados costos y la
decadencia de sus instalaciones. Todos los prisioneros fueron
transferidos fuera de la isla. Sólo que eso no es lo que sucedió. Para
nada”. Bueno, la cosa es que hay 302 presos que están vivos, tal como
eran en el 63, y que aparecen en la actualidad para cometer unos
crímenes misteriosos, al parecer por encargo. García, que acá se llama
Diego Soto, es un especialista en Alcatraz que hace equipo con la
detective Rebecca Madsen (Sarah Jones) y persiguen a uno de esos reos. Y
así. La reseña de
AV Club
se pregunta si la tira nos propondrá seguir al “alcatraceño perdido de
la semana”. Es probable que no, que de a poco cobren espesor las
historias personales de cada personaje (la detective tuvo a su abuelo en
la prisión, Sam Neill –Emerson Hauser en la serie– es el guardia que
descubre que todos desaparecieron, en fin), como en
Lost.
Pero a diferencia de
Lost,
Alcatraz
padece, en nuestra humilde opinión, del síndrome de Hitchcock sobre los
grandes misterios: cómo empardar en el desarrollo de un relato una
intriga inicial descollante.
Porque
Lost, incluso
Fringe,
nos fueron introduciendo muy de a poco en su, digamos, “mitología”, es
decir, respetaron la regla de oro del género fantástico: la puesta en
escena realista. En cambio
Alcatraz arranca allá arriba, con toda
esa leyenda en torno de la prisión (incluso en el piloto vemos la isla
hoy: un atractivo
turístico con guardias de seguridad de agencia privada
y guías, y cientos de visitantes que pasean tranquilos por el gran
edificio) y esa mezcla de
Los 4400 y
Lost. El primer desafío de
Alcatraz será hallar en sus personajes un misterio tan intenso como los convictos que se esfumaron en la isla.
Las metáforas sobre la seguridad y el crimen como motores sociales vendrán después.