David Narciso – Edición impresa
“Un grupo de gente se había amontonado frente al supermercado, y en un momento llegaron unos patrulleros y empezaron a disparar con las escopetas y todo el mundo salió corriendo. Y hay un pibe que cayó muerto y ahora…”
—Esperá, esperá; ¿vos estás diciendo que hay una persona muerta?
—Sí, es un pibe al que le pegaron un tiro.
La conversación heló el aire de LT8 Radio Rosario en esas primeras horas de la tarde del 19 de diciembre de 2001 y seguramente también la sangre de los oyentes, que estaban escuchando la primera información concreta que tuvo la ciudad de que el estallido social comenzaba a llevarse vidas humanas. Al final de esas históricas jornadas serían 7 los muertos en Rosario y uno en Santa Fe.
El balazo policial que liquidó a Juan Delgado sobre el cemento ardiente, a las puertas del
supermercado que ya en 1989 había sido saqueado, era el hilo de sangre que se derramaba y llegaba al río. Y ya se sabe lo que pasa cuando la sangre llega al río.
Una periodista que por esos días trabajaba en el móvil de exteriores de una radio AM rememora para esta edición el desconcierto de esos días y horas: “No sabíamos qué pasaba, sólo sabíamos que éramos parte de lo que ocurría”. El suyo como otros testimonios que se muestran en las páginas de la edición impresa de Cruz del Sur aportan las señas que permiten leer al 19 y 20 de diciembre de 2001 como la ruptura de ciclo, un hito que tiene historia: antes y después.
El modelo económico y social del menemismo –quizás la etapa superior de una particular forma de desarrollo cuyo origen Sergio Arelovich sitúa en el Rodrigazo de 1975–, sus ajustes salvajes y el fenomenal costo social que implicaron, ya habían generado condiciones adecuadas para el incendio. Fernando de la Rúa, Domingo Cavallo y la Alianza
terminaron oficiando como los piromaníacos de turno.
Esa Argentina de 2001 era la de un país con índices de desocupación que crecían medición tras medición, alimentados por la recesión económica que desde 1998 limaba los cimientos de la economía, exhibía la incapacidad de la dirigencia política para hallar soluciones y dinamitaba los mínimos consensos sociales.
Lo recuerda con precisión Alejandro Juri, corredor inmobiliario: “Propietarios de locales comerciales y oficinas las rentaban a cambio de que el locatario pagase sólo expensas e impuestos; nunca se había visto algo así”.
Cualquiera puede recordar lo que era caminar por calles como San Luis o Sarmiento, verdaderos emporios del comercio local, convertidas en cementerios de persianas bajas y carteles de venta o alquiler como único decorado.
En la provincia se vivían situaciones con algunas diferencias. Rosario, la más dinámica de sus ciudades, era la
más golpeada y se hundía en la desocupación a la vez que trepaba a lo más alto entre la veintena de conglomerados urbanos que miden las estadísticas oficiales. La capital provincial, en cambio, tenía el consuelo de ese fenomenal seguro social que es el empleo público, que resultó un colchón para amortiguar la malaria.
Ambas ciudades eran además receptoras de miles de santafesinos y argentinos que se evaporaban de sus pequeños pueblos y ciudades azotados por la destrucción de las economías regionales, el pésimo momento de la agricultura pampeana, la falta de trabajo y el endeudamiento.
“El sector agropecuario, que creyó en el proyecto neoliberal, hipotecó sus campos con el Banco Nación para incorporar tecnología. Y el proyecto era privatizarlo, lo cual significaba la entrega de todas las tierras productivas”, relata el abogado Luciano Tamous, quien en ese entonces era parte de una ONG que defendía a usuarios de servicios financieros.
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Las reglas financieras imperantes destruyeron sueños de toda una vida, familias, décadas de trabajo social acumulado. La securitización de deudas permitía hacerlas circular como si fueran títulos públicos. Tamous relata la sorpresa cuando recibió a familias mendocinas que tenían deudas por casas construidas por la Dirección de Vivienda de esa provincia, que ahora se las reclamaba un banco de New York.
Eran los años de la epopeya de las Mujeres en Lucha que frenaban los remates de campos de pequeños propietarios cantando el Himno. En Rosario, la sede de la Asociación de Martilleros, en Entre Ríos al 200, pasó a ser un lugar de interés periodístico cotidiano porque allí se remataban viviendas, locales, galpones, terrenos. El lugar quedó identificado desde entonces como un antro donde operaban buitres que habían hecho el negocio de su vida en torno de las subastas de los ahorcados. Recién en 2003 se lograron las primeras leyes nacionales y provinciales de suspensión de remates.
Ariel D’Orazio, miembro a partir de ese año de una ONG creada en los 90 por endeudados a los que querían rematarles su vivienda única, recuerda que “se frenaron muchos remates, algunos con estrategias legales, otros mediante la movilización de las organizaciones en la puerta de Martilleros o en Tribunales”.
Es que también la sociedad iba generando sus anticuerpos. Distintos sectores se movilizaban y organizaban para defenderse, tendían lazos de solidaridad hacia otras víctimas que el “modelo” se las estaba devorando. En las barriadas se multiplican comedores comunitarios. El testimonio de Nilda García es esclarecedor sobre cómo se organizaban: “Yo dirigía un taller donde les enseñábamos a los niños manualidades y catecismo, y las madres venían llorando a decirme: «Nilda, no tengo para comer»”. Recuerda que se las rebuscaron para conseguir apoyos y empezaron a dar leche a los chicos y cocinar a leña, y así nació el centro comunitario de Urquiza al 5000.
A la
resistencia a través de grandes organizaciones, como la Central de Trabajadores de la Argentina, el Movimiento de Trabajadores Argentinos y ya en 2001 el Frenapo, se sumaban otro tipo de grupos, a distinta escala, con representaciones más acotadas, pero que tenían en el reclamo, la movilización y la asociación sus principales armas de lucha.
Las organizaciones piqueteras, por ejemplo, le dieron visibilidad al fenómeno de la desocupación hasta convertirse en símbolos de la resistencia en los 90 y protagonistas de las jornadas de 2001. A su vez, el piquete en sí mismo como herramienta de protesta adquirió legitimidad para expresar a distintos sectores sociales. Hay que recordar que la CTA es la primera central obrera que se propone representar también a quienes ya no conseguían trabajo. Vale decir que desde la protesta inaugural en Cutral Co en 1996, hasta la apropiación que en 2008 hicieron de ese método de lucha los sectores agrarios hegemónicos y sus aliados sociales que siempre los
habían demonizado, el corte de ruta o calles se fue resignificando a medida que el humor social y las condiciones objetivas de la economía y la política se modificaban.
Eduardo Delmonte, referente de la Corriente Clasista y Combativa, una de las pocas organizaciones que persiste con el piquete, apunta: “Quince años después (de Cutral Co), el piquete no sólo se ha demostrado efectivo para los desocupados, sino que también ha sido adoptado frente a situaciones extremas por otros sectores de la sociedad”.
Los días de 2001 involucraron a toda la sociedad. Las clases medias buscaron sus propios canales de expresión, ya sea con cacerolazos y el fuerte poder simbólico del “que se vayan todos”, o las asambleas en calles y plazas. También los ahorristas perjudicados por el corralito y el corralón se organizaban para protestar frente a los bancos.
Esos bancos que en los 90 revolucionaron sus diseños, innovando con vidrio, metal y muchas
luminarias en reemplazo de las antiguas sucursales símil a acorazados de cemento, ahora volvían a convertirse en vergonzantes búnkers con sus frentes cubiertos de chapas para frenar la furia de sus clientes.
Ese paisaje dantesco es el que el reportero gráfico Marcelo Manera quiso retratar, no para publicar en el diario, sino como un documento histórico destinado a sus pequeños hijos, que quizás años después ni viendo esos documentos podrán imaginarse de qué se trató.
Pero así como 2001 fue el cierre de una etapa, también fue el lento comienzo de otra. El kirchnerismo es hijo dilecto de ese estallido social. No porque haya sido su protagonista, sino porque a partir del 25 de mayo de 2003 fue el ordenador de un proceso político, económico y social exitoso que recreó un horizonte de país y nación que acaba de ser revalidado por las urnas. Pablo Hupert, historiador egresado de la UBA y autor del libro “El Estado posnacional”, sostiene que una de las claves del
kirchnerismo en ese país arrasado fue “reinventar el pacto de dominación”, y sostiene que su instrumento fue “que vuelva el Estado”.
Una de las virtudes de Hupert es el esfuerzo por escapar a la dicotomía kirchnerismo-antikirchnerismo, que reduce y empobrece un período histórico cuya riqueza, como se trata de reflejar en estas páginas, está un poco más atrás. Está en los cimientos que distintos sectores sociales –desde las Madres de Plaza Mayo, pasando por los desocupados, pequeños productores, organizaciones de trabajadores hasta nuevas fuerzas políticas– fueron plantando como resistencia al orden político, económico y social que estalló hace diez años. Si la imagen del helicóptero levantando vuelo en la terraza de la Casa Rosada inmortalizó esos históricos días, las casi 40 vidas que costó la epopeya popular son la llaga que nunca dejará de doler.