Carina Toso – Edición impresa
Corridas, represión y comercios destruidos. Aquel 19 de diciembre de 2001 rompía con el trajín cotidiano de la ciudad y del país. La violencia fue la protagonista. Vecinos contra policías; supermercadistas y almaceneros contra los vecinos; policías contra manifestantes. Todos contra todos. El panorama era más que desolador, parecía haberse escapado del pasado.
En la zona oeste, más precisamente en Villa Banana, el calor de diciembre se hacía sentir. Los bolsones de comida tenían que llegar de un momento a otro al Centro de Distrito Municipal Felipe Moré y a la unidad descentralizada provincial de Virasoro y San Nicolás, pero no llegaban. La gente que estaba en el lugar apedreó el monumental edificio para descargar bronca. La policía ya estaba ahí. La respuesta: balas de goma y gases lacrimógenos. Alrededor de 80 personas decidieron ir hasta Lima y Godoy y entrar en el supermercado El Triunfo
para proveerse de comestibles y bebidas que reemplazaran a los bolsones que no llegaron. La reacción de la Policía terminó mal. Un balazo alcanzó a una mujer mezclada en la muchedumbre, quien horas después moriría en el Hospital Centenario.
Un pañuelo blanco y un crucifijo se abrieron camino entre la gente, sostenidos por las manos del párroco de la zona, Agustín Amantini. Milagrosamente logró frenar el fuego cruzado. Llegó el momento de negociar entre el dueño del comercio, la Policía y los vecinos para repartir lo que quedaba tirado por ahí. Pero no hubo acuerdo y todo volvió a descontrolarse. El saldo: dos mujeres heridas y decenas de detenidos.
En San Martín y Batlle y Ordóñez 120 personas irrumpieron en el supermercado El Único. Rompieron las ventanas y se llevaron lo que encontraron. En La Tablada, once móviles del Comando Radioeléctrico llegaron a toda velocidad. Por sus ventanillas asomaban los caños de las escopetas prestas para la acción. En
cuestión de instantes sólo se escucharon estampidos, corridas, desesperación.
En el Palacio de los Leones estaban reunidos el intendente Hermes Binner, Norberto Nicotra, presidente del Concejo Deliberante, y otras autoridades. Según palabras del intendente “existe una maniobra de confusión de parte de alguien que tiene ganas de que las cosas no salgan bien”. “El Ejecutivo puede gastar ad referendum por la emergencia”, afirmó Nicotra; y Binner, por detrás, agregó: “En este marco no estamos para esperar autorizaciones”.
En Villa Gobernador Gálvez, en Coronel Aguirre al 1900, uno de los dueños del supermercado Lorgil disparó con su escopeta desde el interior del comercio para frenar a unas 500 personas que se empeñaban en romper las persianas metálicas para ingresar al local. Lo ayudaban vecinos armados desde los techos de sus casas.
El entonces ministro de Gobierno de la provincia, Lorenzo Domínguez, estaba en Rosario. Pedía calma.
Reunido con Binner, representantes de Gendarmería Nacional, Prefectura Naval y las policías federal y provincial, esperaban. Esperaban órdenes que no llegaban desde gobierno nacional. Mientras tanto, la ciudad y el país estallaban.
Binner optó por reunirse con los dueños y responsables de los supermercados Libertad, Coto, La Gallega, Micropack, Makro y las distribuidoras mayoristas Rosental y Parodi. Los empresarios decidieron donar 20 mil cajas de alimento para que el Estado las distribuyeran en las zonas más necesitadas. En paralelo el gobierno de la ciudad convocó y creó un comité para enfrentar la emergencia social junto con representantes de la provincia, el Concejo Municipal, Cáritas, supermercadistas y distintas entidades intermedias de la ciudad.
Oscureció y la tensión iba en ascenso. Sobre avenida Circunvalación, frente al barrio Las Flores, la gente protestaba. Más corridas, más disparos, más de lo mismo. Y a pesar de que la Policía se empeñaba en
dispersar a los manifestantes, éstos iban a pasar una larga noche al aire libre y al calor de las hogueras de neumáticos.
Rosario, Santa Fe, Córdoba, San Juan, Concepción del Uruguay y Gualeguaychú, Godoy Cruz, Corrientes, Neuquén, San Miguel de Tucumán y Santiago del Estero eran escenarios de lo mismo. El gobierno nacional decidió por fin la implementación de un plan de emergencia para distribuir alimentos por 6,5 millones de pesos en los puntos más críticos del país. También pensó en pagar los planes Trabajar atrasados.
Llegó la noche. Para entonces las cifras de muertos, heridos y detenidos ya corrían de boca en boca: en la ciudad había cuatro muertos, número que en las horas siguientes aumentaría hasta siete. Los primeros nombres que se confirmaron fueron el de Juan Delgado, un joven de 24 años en Necochea y Cochabamba, y el de Claudio Lepratti, de 38, en Las Flores.
El presidente Fernando de la Rúa estaba desbordado. Más heridos.
Más muertos. Ya sin reflejos optó por declarar el Estado de sitio “para ponerle límites a los violentos”, según la justificación que esboza en su discurso televisado para todo el país. El efecto fue exactamente el inverso: la gente salió a la calle. Era casi medianoche y miles de personas colmaron la Plaza de Mayo para repudiar a la dirigencia política y sindical. “Que se vayan todos”, retumbaba. Familias de clase media y jóvenes hicieron sonar las cacerolas.
Algunos llegaron hasta la casa del ex ministro de Economía Domingo Cavallo para exigirle la renuncia. Las cacerolas se escucharon durante toda la noche. En Rosario también. En el Monumento, en la Municipalidad, en las plazas. Cerca de la medianoche, la plaza San Martín, uno de los puntos de encuentro, estalló en gritos de júbilos al conocerse la renuncia del ministro.
Un nuevo día nacía. El país desayunaba con las noticias más funestas. Continuaban saqueos, intentos de robos, tiroteos y pedradas. “
Me tiraron un gas lacrimógeno en la puerta de mi casa y a mi bebé le empezó a salir espuma por la boca, fue terrible. Cuando salí para llevarlo al hospital me dispararon con el nene en brazos”, relató un vecino de Ayacucho y Circunvalación.
Dentro de la Casa Rosada el clima era denso. Era mediodía y De la Rúa acababa de llegar. No tuvo tiempo de almorzar. Las reuniones no le permitieron más que una comida rápida: un yogur con gelatina. El televisor de su despacho estaba encendido. Veía lo que pasaba afuera. Mientras pensaba, consultaba y volvía a pensar en su renuncia. Un hombre agonizaba en plena Avenida de Mayo. En la 9 de Julio otro ya había dejado de respirar. Finalmente se decidió.
Su pretensión de apagar el incendio convocando a la “unidad nacional” sólo obtuvo como respuesta un contundente “no” por parte del peronismo. Se sentó en su despacho a escribir su último “discurso autista”, como lo calificó uno de sus íntimos.
“¿¡
Ya renunció!?”, preguntaban en el Monumento a la Bandera. “¿De la Rúa se fue?”. Ante la respuesta afirmativa, los cánticos y las cacerolas no se hicieron esperar y retumbaron de nuevo en Rosario y en todo el país. Cinco mil personas entonaron el Himno Nacional, algunos con la camiseta argentina puesta. Las banderas argentinas flameaban en su Cuna. “Vení, sacame la foto que me tenés que sacar”, le dijo De la Rúa al fotógrafo presidencial. “Después mandámela”, le pidió mientras abordaba el ascensor para ir a la terraza de la Rosada. Lo esperaba el helicóptero. Sin levantar la vista y con la corbata que le pegaba en el rostro se subió en silencio.