Germán de los Santos – Edición impresa
Pablo Hupert, historiador egresado de la UBA, escribió el libro El Estado posnacional –cuya primera edición está agotada–. Más allá del kirchnerismo y antikirchnerismo, el joven intelectual se esfuerza por no repetir los esquemas binarios que de manera tan frecuente aparecen en los medios. Trata de ir un poco más allá para desmenuzar ese Estado posnacional que emergió después de la caída de Fernando de la Rúa. El libro de Hupert es una especie de organismo vivo, que sigue alimentándose y creciendo a través del blog elestadoposnacionallibro.blogspot.com.
—En el libro señalás que está la creencia de que 2001 no sirvió para nada, de que “no echó a nadie”. Y advertís que en realidad gestó una transformación del Estado que debía cambiar, porque la relación representativa del Estado con la sociedad se había tornado “inviable”. ¿Qué fue lo que transformó ese 2001 y qué quedó
de ese estímulo de transformación?
—2001 transformó, cuanto menos, a la clase política, al Estado argentino y a los mismos nosotros (o movimientos infrapolíticos) que lo protagonizaron. La clase política se encontró con, digámoslo así, la fuerza de los de abajo, ahora capaz de voltear gobiernos y servirle de contrapeso a las exigencias del capital transnacional; ahora podía abandonar la genuflexión, lo cual explica el pasaje de Néstor (Kirchner) de menemista a progresista y confrontativo. El Estado, por su parte, debió desarrollar técnicas de gobierno nuevas que le permitieran ponerse en relación con una sociedad sustancialmente distinta a la nacional: compuesta de consumidores más que de ciudadanos; movilizada en colectivos autónomos (como las asambleas, los piquetes y las empresas recuperadas) y no en partidos o sindicatos. La gobernabilidad de una sociedad así no se asegura “interpretando la voluntad popular” sino “resolviendo los problemas de la gente”, o sea, no
representando sino gestionando, no argumentando sino seduciendo, no mandando sino satisfaciendo. Pero la transformación más importante es la nuestra, la de los nosotros: tiene mil tonalidades, pero en breve aprendimos formas nuevas de compartir los problemas y las tareas, sin bajadas de línea (se difunden las asambleas), y modos no-institucionales de organización (proliferan los colectivos), y también modos nuevos de relación con el Estado: ya no delegándole todo, ya no fiándonos del funcionario sino confiando en nosotros. La carta a los políticos de (el movimiento social) Giros de Rosario es clarísima: “Podemos hacerlo con usted, si tiene la voluntad política, y también podemos hacerlo solos.”
—Decís que el “que se vayan todos” se alzó como una consigna de autonomía y no de enfrentamiento.
—Sí. Ni de guerra ni de resistencia ni de reclamo. A la vez que impugnaba a la clase política, “que se vayan todos” potenciaba a los nosotros como instituyentes. El
enunciado “negativo” conllevaba una práctica constructiva. A la desolación neoliberal se la trabajó con colectivos, con avecindamiento y piquete, y no con Estado. La práctica de que se vayan todos decía “que venga nosotros” (y no “que venga el Estado”). Este plus práctico es el que los relatos mediáticos y estatales nos impiden ver, separándonos de la potencia nuestra. Las condiciones sociales contemporáneas (lazos precarios, consumismo, desolación, etcétera) contribuyen a dificultar que el individuo vea el plus colectivo del sujeto 2001, por supuesto, pero desde el punto de vista político, la invisibilización es producto del régimen kirchnerista (que, por lo demás, alienta, con su desarrollismo, el desarrollo de esas condiciones sociales).
—En el libro escribiste que el kirchnerismo es un hijo directo del 2001, una especie de “alfonsinismo con vigor sexual”. ¿Cuál fue la clave kirchnerista para interpretar el momento?
—Fueron muchas, pero la principal
tal vez se resuma en: hay que reinventar el pacto de dominación. El manejo de Kirchner fue poner “que vuelva el Estado” donde decíamos “que venga nosotros”, y eso se lo agradece también la derecha. El nuevo arreglo debía asumir tres condiciones: imposibilidad de reprimir (recurso que había llevado a abreviar su mandato a Eduardo Duhalde), imposibilidad de hacer ajustes (que había precipitado el final de Fernando de la Rúa) e imposibilidad de representar (planteada por la irrupción de los nosotros). Todo esto obligaba a satisfacer, aunque fuera parcialmente, las demandas que pudieran amenazar la gobernabilidad (y no las que no). A esa satisfacción hoy se la llama inclusión.
—¿En qué se reconstituyó ese sector de la política, como el de piqueteros, que anclás en la micropolítica?
—La micropolítica, como decía, no es siempre integración institucional ni pérdida de la autonomía, salvo en ese sector que señalás. Por otro, no todos los colectivos son como
Giros, por supuesto, pero la diferencia cualitativa es que hoy la micropolítica debe estar pendiente de lo que hace la macro, que ahora es ineludible y hasta parece de confianza.
—¿El Estado posnacional empieza a perder el “pos” en la nueva gestión de Cristina?
—Al contrario, se consolida si no vuelve el ciudadano (el que tenía derechos y obligaciones) y permanece el consumidor (que tiene sólo derechos), no puede volver el Estado-nación. Vivimos en un hiperindividualismo de masas. El Estado actual no es un crisol como el nacional, no funde lo heterogéneo. El Estado une por vía de la imagen lo que dispersa con sus prácticas de gobierno. Por lo demás, las técnicas de gobierno kirchneristas (punteraje, represión tercerizada, espectáculos populares, redistribución selectiva) se expanden al resto de las fuerzas. En este sentido, el macrismo no se quedó en los 90: parece un kirchnerismo de derecha, bien del presente.
—Con la
ocupación de la plaza cercana a Wall Street y los indignados y la crisis financiera internacional, ¿estamos ante un 2001 global?
—Esa es una analogía fácil de las que inhibe el pensamiento colectivo y favorece la dominación. Tal vez la analogía sea muy didáctica para explicar el costado económico de la crisis, pero boicotea la posibilidad de hacer un aprendizaje político de los movimientos de indignados. El gobierno dice “miren qué mal que está Europa que no aprende de nosotros”, como forma de legitimarse. La inoculación estatal del miedo (particularmente del miedo a la pobreza) evita la cooperación social. Justamente esto es lo que exploran los indignados. Sztulwark dice que “no se plantean tanto el problema del gobierno como el de la participación política post-representativa. No advertir que el movimiento de los indignados trabaja sobre problemas que nos son comunes sería una pérdida de oportunidad política”. No están haciendo un 2001 sino un 2011; están capitalizando
lo que hicimos en 2001 y 2002 para llevarlo más allá. Ir más allá es lo que queremos aprender los que buscamos la creación y no la conservación.