Miércoles 22 de Febrero de 2012
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Tierra prometida
Carina Toso Edición impresa

Cuando la comunidad mocoví Com Caiá de la localidad santafesina de Recreo recibió las escrituras de las tierras que habitan, se marcó el inicio de un proceso por el cual los pueblos originarios lucharon durante tantos años a lo largo y ancho del país. Ésta fue la primera escritura comunitaria de tierras otorgada a indígenas en Argentina, un reconocimiento merecido a aquellos que durante siglos caminaron este suelo sin poder sentirlo como propio y una respuesta a una demanda histórica de un derecho de todo habitante de cualquier país: la igualdad.

La comunidad Com Caiá, integrada por unas 180 familias, recibió 327 hectáreas que le habían sido adjudicadas en 2008. Esta escrituración está enmarcada en el Programa de Restitución de Tierras a los Pueblos Originarios de Santa Fe, establecido por la ley provincial Nº 12.086, que autoriza la restitución de tierras e islas fiscales a las comunidades, unas 20.000 hectáreas de las que ya se adjudicaron 2.000. A esta ley se suma otra sancionada en 2002, la Nº 12091, que también establece la restitución de 800 hectáreas de la Cuña Boscosa Santafesina, en el departamento Vera.

En la historia de la provincia, muchas fueron las etnias que habitaron este suelo y muy poco queda de aquellos indígenas autóctonos de la zona. Según el material recopilado por el antropólogo Juan Nóbile en uno de los capítulos del libro “Nueva Historia de Santa Fe: Los pueblos originarios”, los cronistas del siglo XVI que recorrieron el territorio que hoy ocupa la provincia mencionaron a varias etnias originarias de la zona y que vivían en su mayoría en las zonas ribereñas: chanás, timbúes, carcaraes, corondaes, guaraníes, mocoretáes, quiloazas y querandíes. En el siglo XVIII comenzaron al llegar al norte santafesino mocovíes, tobas y abipones. En el siglo XX, muchos de ellos comenzaron a migrar hacia las grandes ciudades en busca de mejores oportunidades. 
El último censo dice que hay más de 65 mil habitantes santafesinos pertenecientes a los pueblos originarios, sobre un total de más de tres millones de habitantes en la provincia. Están distribuidos en unas 150 comunidades aborígenes de diferentes etnias: las mayoritarias son mocoví, toba, mapuche y colla. “Hay que tener en cuenta que hace poco tiempo muchas personas comenzaron a reconocer su origen étnico, porque no todos viven en comunidad como algunos descendientes mapuches o diaguitas, guaraníes, al oeste Rafaela hay tuconecos, en Coronda corondaes. Hay 13 comunidades desde Florencia en el límite norte a Murphy en el límite sur”, explicó Raúl Britos, director de Pueblos Originarios y Equidad de la provincia.
El funcionario aseguró que desde el gobierno provincial se intenta cumplir con las leyes que protegen a los pueblos originarios en cuanto a la restitución de tierras. “Pero también hay que pensar en la problemática de la vivienda, que es una de las necesidades más grandes de estas comunidades; otro punto es la educación: facilitar becas para que los chicos estudien en la universidad, que se logren convenios de trabajo, capacitaciones para los jóvenes para que cada día tengan más posibilidades”, agregó.

Deuda histórica

Actualmente 38 comunidades están registradas para recuperar sus tierras, pero para eso hay un reglamento y pasos a seguir. El proceso de restitución de estas tierras está a cargo de la Dirección Provincial de Pueblos Originarios y Equidad, creada en 2008, que gestiona el Registro Especial de Comunidades Aborígenes, en el cual cada una de ellas deben acreditar su nombre, origen étnico, ubicación geográfica, pautas de organización, si mantiene la lengua y sus tradiciones, los mecanismos de designación y remoción de sus autoridades y cantidad de integrantes, entre otras cosas. Una vez realizado el relevamiento y registro, el paso siguiente es consultar la opinión del Instituto Provincial de Aborígenes Santafesino (Ipas), organismo que está presidido e integrado por miembros de las diferentes comunidades de la provincia.

“Hace mucho tiempo que se viene trabajando con las comunidades, sobre todo recolectando información para poder concretar la entrega de las tierras y de los registros. Nosotros hacemos un seguimiento para que después se les pueda hacer el traspaso de los terrenos. Vemos buena voluntad después de tantos años de lucha. También intentamos mantener la cultura de cada comunidad y sus formas de vidas”, contó Rufino Vázquez, miembro de la comunidad mocoví de Berna y presidente del Ipas.

Escriturar es un proceso muy complejo y muy difícil, tiene muchos aspectos técnicos que resolver, sobre todo porque se escritura a nombre de la comunidad. Por eso, un paso anterior que se realiza es la restitución de tierras. Así se hizo con la comunidad de Cayastá, donde se les entregó 300 hectáreas de islas, otras 200 hectáreas a la comunidad mocoví de Monte Vera y están en proceso de restitución tierras en Florencia y Las Lomas. “Aproximadamente, en total van a ser unas 1.200 hectáreas que se entregarán con la figura del comodato hasta que puedan escriturarse”, agregó Britos.

A estos nuevos espacios estatales dedicados a los pueblos originarios se suman muchos otros de debate, como las asambleas que se realizan en las diferentes comunidades y los foros que se llevan adelante en las diferentes regiones. El objetivo de estos encuentros es fortalecer su identidad, generar líneas de acción tendientes a promover la igualdad de oportunidades, y el desarrollo desde el respeto y la interculturalidad, incorporando su propia perspectiva en los proyectos. La semana pasada se realizó uno de los foros en Rosario y seguirán en los próximos días con otras reuniones en Firmat, Venado Tuerto, Reconquista y Rafaela.

Del monte a la ciudad

Ernesto Oscar Talero vive en la comunidad qom (toba) de Empalme Graneros, conocida como Los Pumitas, y es además coordinador del Consejo de Participación Indígena (CPI). Llegó solo a Rosario hace más de 20 años y en aquellos tiempos golpeó muchas puertas que no se abrieron. Nació y vivió muchos años en el paraje El Colchón, en el Impenetrable, a unos 15 kilómetros de Villa Río Bermejo. “En los 80 el panorama para los pueblos originarios no era el mismo, mucha gente nos daba vuelta la cara. Llegué sin saber muchas cosas, pero sé algunos oficios y de eso vivo”, relató.

Por eso hoy pone empeño en que los jóvenes de su comunidad estudien, aprendan algún oficio y comiencen a abrirse camino en la sociedad en la que se insertaron. “No quiero que crean que nosotros vamos a vivir de limosnas. Saber algún oficio te da la posibilidad de ir por más”, afirmó.

La realidad de las comunidades indígenas dentro de las grandes ciudades sigue siendo marginal a pesar de los avances en políticas públicas para su inclusión. Los asentamientos están en zonas periféricas y son precarios en cuanto a viviendas y servicios. “Vemos que se están generando cambios y lo importante es que sigamos tratando aquellos puntos que nos permitan avanzar y evitar retroceder. La idea es hacer un trabajo en conjunto para que algunas cosas se vayan resolviendo; sabemos muy bien que no todo se puede solucionar de una vez pero hay que seguir trabajando, por ejemplo con el tema de la formación de las comunidades, con las adaptaciones a las nuevas formas de vida para los que vinimos del monte”, aseguró Talero.

Incluir sin perder tanto

En todo este proceso de inclusión que se intenta de los aborígenes mucho de su cosmovisión se pierde por el camino. Un ejemplo es la lengua, ya que cuando los chicos se incorporan al sistema educativo son contadas las escuelas bilingües; los chamanes son reemplazados por los médicos de los centros de salud, las creencias en muchos casos fueron superadas por la fe católica o evangelista. En algunos aspectos son cambios positivos pero la esencia de las etnias se va transformando a medida que sus miembros se suman a la vida en las ciudades.

Las comunidades que están en zonas rurales o localidades más chicas conservan en mayor medida sus costumbres, aún mantienen su piogonak, o chamán en lengua qom, y siguen usando las propiedades de las hierbas para sanar. Estos aspectos también son relevados por la Dirección del Pueblos Originarios para los registros, porque también se hace un trabajo cultural y social.

Una experiencia interesante es la que se realiza una vez al año en la comunidad de corondaes en Coronda. Con su cacique Cipriano Ñañe al frente, se internan durante un mes en las islas para sobrevivir como lo hacían sus ancestros: pescando y cazando sin armas de fuego.

“La apuesta es la de generar una inclusión pero sin perder tanto en este sentido”, dijo Britos y de inmediato agregó: “ También es importante recuperar sus mitos o cuentos, todo lo que hace a una cosmovisión, que no es ni mejor ni peor que otra. Estamos hablando de comunidades que fueron históricamente avasalladas y diezmadas, nadie puede negar hoy el genocidio y etnocidio de los pueblos originarios. Se trata de trabajar para una sociedad cada día más inclusiva, es una construcción cotidiana, con avances y retrocesos como en cualquier proceso social”.

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